
El «Exultet», canto que sucede a la bendición y presentación del Cirio Pascual, en la celebración de la Vigilia Pascual, ganó este Sábado Santo, por la vida vivida, una nueva e inmensa dimensión.
Hoy, cuando muchos se alegran por la consagración del derecho a la muerte en las Constituciones de algunos países, cuando en muchos países se viven tiempos de guerra y mueren miles de niños, cuando muchos se congratulan por el derecho legislado de «ayudar» a matar y optar por morir, todavía hay en el mundo aquellos que eligen amar, amar plenamente. Esta es una historia verídica, ocurrida en la Semana Santa.
Nacida el martes Santo, del amor profundo de una madre y un padre, una bebé, a quien le dieron un nombre de bautismo muy especial, es un ser de Luz, un Ángel del Señor. Ángel, porque somos seres de Dios y no del cosmos. Los padres son testimonio vivo y real de fe, amor y un enorme respeto por la humanidad. A pesar de la incomprensión de muchos, estos padres, en dos horas de vida, experimentaron la felicidad del amor de Dios, tocaron el Cielo, afirmaron con su hija su eternidad. Los padres de este Ángel son Santos. Santos edificados por la vida vivida en la radicalidad del amor de Dios. Al unirnos al sufrimiento de los padres de esta bebé tan especial, como que tocamos las llagas de Cristo crucificado. Padres que vivieron, literalmente, desde las entrañas el Vía Crucis, para luego, como en el sepulcro, en una cuna vacía encontrar a Jesucristo resucitado. Y así, en la vivencia de su matrimonio, esta pareja va redactando su evangelio de vida. Esta es, sin duda, una Pascua llena de vida. ¡Jesucristo resucitó! ¡Aleluya! ¡Aleluya!