@jsuarez02111977
La erótica del poder es una amante peligrosa, una zorra traicionera que siempre encuentra a quien morderle el alma. Porque no nos engañemos: el poder no es una vocación, ni una responsabilidad noble. Es una maldita adicción. El que dice que manda por obligación o servicio público, o es un hipócrita, o es un imbécil que aún no ha aprendido a mirar a los ojos a esa bestia que tiene entre las manos. El poder es sucio, huele a whisky barato y a despacho cerrado. A humo rancio y a sudor. Es el olor de los que se saben intocables, de los que disfrutan sintiéndose por encima de los demás, de los que pueden aplastar una vida con una firma y dormir a pierna suelta después.
Esa es la verdadera esencia del poder: una lujuria despiadada que se cuela en los rincones más oscuros del alma. No es solo una cuestión de mandar. Es saber que tu voz es ley, que tu palabra decide, que tienes el control absoluto y nadie puede toserte en la cara. Es ese placer perverso de hacer que el otro obedezca. Y no hablamos solo de presidentes y ministros. La erótica del poder está en la mirada condescendiente del jefe de planta, en el funcionario que te mira por encima del hombro, en el policía que disfruta haciéndote abrir la maleta sabiendo que no llevas nada. Es la sonrisa de los que se saben amos, aunque solo sea de una jaula pequeña.
La historia está llena de esos canallas que se emborrachan de poder. Tipos que se levantan cada mañana sabiendo que su firma puede condenar a cien o salvar a mil. Y no lo hacen por la humanidad ni por un ideal, sino por el puto placer de saber que ellos mandan. Porque, al final, el poder es eso: una orgía privada en la que el placer está en doblegar al otro, en arrodillarlo, en ver cómo la voluntad ajena se quiebra ante la tuya. El poder es para los depredadores, para los que no tienen escrúpulos en morder la yugular. Y si te haces ilusiones de que puede ser de otro modo, es que nunca has estado realmente cerca de ese fuego.
La erótica del poder no se alimenta solo de grandeza, sino de la miseria ajena. Cuanto más hundidos están los demás, más brilla el que tiene el control. Es la gloria del general sobre un campo de batalla lleno de cadáveres, el gozo del juez que dicta sentencia con una frialdad casi erótica, el placer del político que maneja a sus votantes como si fueran marionetas. Porque sí, también los que votan forman parte de esta farsa. Porque les gusta, porque en el fondo hay algo morboso en dejarse llevar, en ser el peón en el juego de otro. Es una sumisión gustosa, un fetichismo colectivo en el que el amo azota y el esclavo da las gracias.
El problema es que el poder siempre cobra su precio. A veces lo pagas tú, y otras veces lo pagan los que te rodean. Pero siempre hay un peaje, y cuanto más alto has subido, más duro es el golpe. Los que han probado esa droga saben que no hay vuelta atrás. Que una vez te has acostumbrado a mandar, a sentir el peso del mundo en la palma de la mano, el resto de las cosas se vuelven pálidas, insignificantes. Y entonces empiezas a buscar ese subidón otra vez, a ver hasta dónde puedes llegar, hasta cuánto puedes arrastrar en el camino. El poder no se disfruta en la victoria, sino en la lucha por mantenerlo, en la constante tensión de saber que cualquiera podría quitártelo, pero no lo haces porque tú eres el más fuerte, el más despiadado, el más cabrón.
Así que no nos vengamos con cuentos. El poder no es para los santos. Es para los bastardos que saben cómo apretar el gatillo y no temblar. Para los que no les importa pisar a quien haga falta, porque saben que al final solo importa una cosa: estar en la cima. Y los demás, los que creen en discursos y promesas, los que se arrodillan y aplauden, no son más que la escenografía de esta obra. El poder no necesita justificarse, solo imponerse. Y si eso te suena cruel, cínico o brutal, es porque estás del lado de los que obedecen. Y ahí, amigo, la erótica del poder solo es una fantasía de la que otros se benefician mientras tú bajas la cabeza.
Que no se te olvide.