@jsuarez02111977
La distancia ya no se mide en kilómetros, ni en trenes que se pierden al atardecer, ni en aviones que cruzan océanos. No. Hoy la distancia se mide en algo mucho más jodido: el tiempo que tardan en contestarte un mensaje. Ese vacío incómodo entre el “enviado” y el “leído”. Entre el doble check y la respuesta que nunca llega.
Vivimos en la era de las conexiones instantáneas, y, paradójicamente, nunca estuvimos más desconectados. Una vez, la distancia era física. Estabas lejos porque no podías estar cerca, porque el mar o las montañas o el dinero te lo impedían. Ahora, la distancia es psicológica, emocional. Una distancia que no se cruza en avión, sino con voluntad. Y ese, amigo mío, es el problema: cada vez hay menos voluntad.
Hoy, si alguien no te responde en dos horas, no está ocupado. Está decidiendo ignorarte. Porque vivimos pegados al móvil, como idiotas, revisando notificaciones, deslizando pantallas, cazando la próxima dosis de dopamina digital. Decir que no viste un mensaje es la mentira más vieja del siglo XXI. Claro que lo viste. Pero no quisiste contestar.
Ese silencio, ese espacio vacío donde debería haber una respuesta, es el nuevo abismo. Y duele, vaya si duele. Porque no es solo un mensaje ignorado, es un reflejo de cuánto importas, o mejor dicho, de cuánto no importas.
Antes, si alguien se alejaba, lo sabías. Lo veías en sus ojos, en sus gestos, en las palabras que no decían. Ahora, la traición es digital, aséptica, silenciosa. Es ese doble check azul que nunca se convierte en palabras, esa notificación que nunca aparece. Y ahí estás tú, como un idiota, mirando el teléfono, refrescando la pantalla, esperando.
Porque eso es lo peor, ¿no? Que todavía esperas. Esperas porque tienes la absurda esperanza de que, tal vez, no lo vio. O estaba ocupado. O, quién sabe, se quedó sin batería. Siempre hay una excusa para justificar lo injustificable. Para no admitir que la distancia no está en el móvil, sino en el corazón.
Así que ahí lo tienes. La verdadera distancia no es geográfica ni técnica. Es emocional. Y se mide, cruelmente, en los segundos, minutos y horas que alguien tarda en responderte. O peor, en las veces que nunca lo hace.
Al final, la vida es eso: una conversación interminable donde algunos responden al instante y otros te dejan en leído. Aprende a distinguirlos. Porque, créeme, la distancia más grande no es la que existe entre dos cuerpos, sino entre dos voluntades. Y no hay GPS que te salve de eso.