Coruña y Cádiz: hermanas de mar y orgullo. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Hay algo en las ciudades de mar que no entiende quién no ha nacido a orillas de una. Algo que huele a salitre, que se clava en los huesos y te acompaña siempre, aunque te vayas. Y ahí están Coruña y Cádiz, dos ciudades que se miran al espejo y se entienden. Dos hermanas separadas por la distancia, pero unidas por el agua, por el carácter, por esa forma de vivir que solo quienes respiran el mar pueden comprender.

En Coruña está Riazor, con su Torre de Maratón que mira al mar como quien guarda un secreto. Y en Cádiz está el Carranza, o el Nuevo Mirandilla, aunque para los que de verdad lo sienten, siempre será el Carranza. Dos estadios que son mucho más que piedra y hormigón. Son templos, santuarios. Lugares donde se celebran las victorias y se lloran las derrotas, pero siempre juntos, como quien sabe que en el fútbol, como en la vida, lo importante no es ganar, sino resistir.

Porque resistir es lo que han hecho estas dos ciudades durante siglos. Resistir al viento, a la marea, a los golpes de la historia. Y resistir es lo que hacen sus clubes, el Dépor y el Cádiz, dos equipos que parecen cortados por el mismo patrón. Equipos de barrio, de gente que trabaja, de calles donde siempre hay una camiseta azul y blanca o amarilla colgada en un balcón. Equipos que han tocado el cielo y el infierno, y que siempre han vuelto, porque eso es lo que hacen los que nacen en lugares como estos: siempre vuelven.

En Coruña, el Dépor es mucho más que fútbol. Es la excusa para llenar los bares de cerveza y gritarle al televisor. Es ese orgullo terco, de los que miran a Vigo con desdén y a Madrid con indiferencia. En Cádiz, el Cádiz es exactamente lo mismo. Es el carnaval hecho fútbol, el arte de reírse de uno mismo, de seguir cantando aunque pierdas 4-0, porque al final la vida es eso: saber reírte en la cara de la derrota.

Y es bonito, porque cuando hablas con un coruñés y con un gaditano, te das cuenta de que se entienden aunque no se conozcan. Uno te hablará de Riazor como si te estuviera describiendo su casa, y el otro hará lo mismo con el Carranza. Y los dos coincidirán en algo: en que no hay amor más grande que el que sienten por su equipo y su ciudad. Un amor imperfecto, lleno de quejas y reproches, pero amor al fin y al cabo.

Porque eso es lo que hace grande a Coruña y a Cádiz, al Dépor y al Cádiz. No es la cantidad de títulos ni la categoría en la que juegan. Es la gente. Es el orgullo de pertenecer, de sentir que esa camiseta no es sólo tela, sino parte de tu piel. Es el saber que, pase lo que pase, siempre habrá alguien dispuesto a gritar contigo, a llorar contigo, a levantarse contigo.

Así que aquí estamos, Coruña y Cádiz, mirándonos de lejos, pero sabiendo que no estamos solos. Dos ciudades de mar, dos equipos de alma, dos formas de entender la vida que, al final, no son tan distintas. Porque, en el fondo, ¿qué es Riazor sin Coruña, o el Carranza sin Cádiz? Nada. Absolutamente nada.

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