Siempre con la misma cantinela: los chavales son unos inútiles, no saben leer, no estudian, no respetan. Muy bien, pero vamos a tirar de bemoles y hacer la pregunta que nadie quiere hacer: ¿qué tal el nivel de los profesores? Porque parece que aquí solo se señala al alumno como si el desastre educativo fuera cosa de críos maleducados y no de adultos incompetentes.
La realidad es esta: en muchos centros, demasiados, hay profesores que no tienen ni puñetera idea de lo que hacen. Gente que llegó al aula porque aprobaron una oposición por los pelos o porque necesitaban un sueldo fijo. Vocación, cero. Capacidad, menos. Algunos no saben ni escribir sin faltas de ortografía, pero ahí están, exigiendo excelencia a unos chavales que, por lo menos, tienen la excusa de ser adolescentes.
El nivel de los alumnos está por los suelos, eso está claro. Pero ¿de verdad nadie va a hablar de los que están al otro lado de la pizarra? Esos que llevan años enseñando lo mismo, de la misma manera, con los mismos apuntes amarillos y apolillados. Esos que llegan a clase a calentar la silla, a repetir cuatro frases como loros y a salir corriendo en cuanto suena el timbre. ¿Qué pueden aprender los chavales de alguien que ni siquiera se respeta a sí mismo como profesional?
Y no me vengáis con excusas baratas: que si las ratios, que si los recortes, que si los padres no educan. Todo eso es cierto, pero hay algo que no cambia: si eres profesor, tu trabajo es enseñar. No te pagan para lamentarte, ni para buscar culpables. Te pagan para formar. Y si no sabes hacerlo, si no tienes ganas, si no tienes ni puñetera idea de lo que haces, el problema no son los niños: eres tú.
Porque un mal profesor no es solo inútil; es peligroso. Mata cualquier chispa de curiosidad, destruye el respeto por el aprendizaje, convierte el aula en un páramo muerto. Y eso es mucho más grave que un crío que no sabe dividir.
¿Queremos hablar de educación? Perfecto. Pero dejemos de cargar las tintas contra los alumnos y miremos de frente a los que están en la tarima. Porque no se puede exigir excelencia desde la mediocridad. Si los chavales están perdidos, igual es porque sus guías no saben ni por dónde andan. Y si no tienes vocación ni nivel para enseñar, haznos a todos un favor: vete. Porque el daño que haces, tú, con tu apatía y tu incompetencia, es infinitamente peor que el del niño que no presta atención en clase.