A Coruña. Esa preciosa esquina del Atlántico, esa perla marinera, se ha convertido en un puñetero polvorín donde cada semana cinco desgraciados deciden que tu cartera, tu móvil o tu paz mental les pertenece. Así, a punta de navaja. Y lo peor no son los atracadores —que ya sabemos de qué pasta están hechos—, sino el silencio cómplice de una ciudad que va de moderna y cosmopolita mientras se desangra en cada esquina.
Porque aquí nadie mueve un dedo. Los políticos se pasean por el Ayuntamiento con la misma desgana que un turista borracho por la calle de la Estrella. Hacen ruedas de prensa, organizan mesas de debate y prometen “planes integrales”. Ya sabes, esa jerga ridícula que solo sirve para decir que no van a hacer una mierda. Mientras tanto, tú vuelves a casa mirando por encima del hombro, con el miedo metido en los huesos.
¿Y la policía? ¿¡Pobre policía!
Los tienen con menos medios que un boy scout en un campamento. El ministro Marlaska recorta efectivos, recorta recursos, y luego les exige milagros. Les piden que hagan frente a una delincuencia desbocada con dos patrullas y un bolígrafo. Pero, claro, si los agentes levantan la voz, el político de turno les suelta el sermón de la convivencia y los derechos humanos, como si esto fuera una reunión del club de lectura y no una puñetera batalla campal.
A Coruña lidera la tasa de criminalidad entre ciudades de su tamaño. Es un dato frío, pero brutal. No importa que la mayoría de los delitos sean pequeños hurtos o denuncias menores; lo que importa es lo que esto simboliza: una ciudad en la que la navaja se ha convertido en un símbolo de poder y en la herramienta favorita de quienes han decidido que aquí manda el más rápido en sacar filo.
Eso sí, seguimos organizando eventos culturales y llenando las redes sociales de fotos del Obelisco. Una gran mentira colectiva. Y no, no me vengan con los discursos buenistas de siempre: que si la desigualdad, que si el desempleo, que si la exclusión social. Todo eso existe, y es terrible, pero no justifica que una panda de cobardes convierta nuestras calles en su coto de caza particular.
Porque la verdad, esa que nadie quiere decir, es que aquí manda el miedo. Manda la navaja. Manda el silencio de una sociedad que se ha acostumbrado a bajar la cabeza. La culpa es de los delincuentes, sí, pero también de quienes les dejan hacer. De quienes no endurecen las leyes, de quienes no refuerzan la seguridad, de quienes prefieren cerrar los ojos mientras los ciudadanos pagamos el pato.
Esto no es una ciudad. Es un chiste. Un maldito chiste donde los de arriba posan para la foto mientras tú te preguntas si el siguiente en cruzarse con un desgraciado serás tú. Así que no nos cuenten cuentos de “ciudad amable” ni de “modelo urbano”. A Coruña, esa ciudad que debería ser nuestra, ya no lo es. Y si nadie tiene las narices de tomarla de vuelta, que no se extrañen cuando la última luz del faro se apague. A la mierda los discursos vacíos: aquí hace falta sangre, sudor y coj…. Porque, si no, la navaja seguirá mandando. Y nosotros seguiremos pagando.