
Probablemente ha llegado el momento de decir un hasta pronto al tío Sam. Tal vez más que eso: tal vez sea la hora de que Europa abandone su posición de dependencia estratégica y recupere el dinamismo que ha ido perdiendo a lo largo de las últimas décadas. Los líderes políticos no pueden ceder a la estrategia de división promovida por Trump, ni al pánico ni a la discordia que intenta sembrar en países y regiones. La dependencia estratégica de los líderes europeos con respecto a los EE.UU., como se observa en la guerra de Ucrania, es sintomática de esa pérdida de protagonismo. Es inadmisible que el futuro del continente dependa de medidas tomadas por un líder extranjero, ajeno a las realidades y diversidades europeas. Es urgente reaccionar. Es muy urgente volver a cuidar del bien común.
Las crisis traen oportunidades. Para los gestores de las grandes economías, el momento es propicio para explorar nuevos mercados, durante mucho tiempo eclipsados por el peso económico y político de los EE.UU. Para los líderes europeos, el desafío es aún mayor: unirse y desarrollar estrategias para alcanzar una independencia sostenible. Revisar políticas económicas, energéticas e industriales, avanzar hacia un ejército común y reanudar relaciones comerciales con países que hasta ahora se veían como amenazas pueden ser caminos a explorar. Tomemos el ejemplo de China: frecuentemente vista con recelo, ha crecido de manera exponencial en todos los niveles, y parte de ese crecimiento ha contado con la colaboración indirecta de empresas europeas y occidentales. La búsqueda de costes laborales más bajos llevó a muchas organizaciones a trasladar la producción a territorio chino, ofreciendo, a cambio, acceso a tecnología, know-how y procesos industriales avanzados. Este fenómeno, combinado con las políticas internas chinas de innovación e infraestructura, ha convertido al país en una potencia global. A pesar de los desafíos éticos y estratégicos que persisten en la relación con China, como la cuestión de los derechos humanos y la dependencia industrial, no se puede ignorar el papel del país en el escenario global.
Sin embargo, el problema de fondo va más allá de Trump. Es la desorganización, los conflictos que fragmentan países y regiones, permitiendo el ascenso de figuras que más dividen que unen. Es la apatía de sociedades cansadas de la corrupción, de la impunidad de los poderosos, de leyes que muchas veces no consiguen castigar los abusos. La mediocridad se ha convertido en la guía de la vida. Corresponde a los líderes europeos, y a cada uno de nosotros, defender la democracia y la libertad. La pregunta no es si habrá un nuevo modelo de dictadura, sino si tendremos la valentía y la lucidez para impedir que nos envuelva.