Zalaeta: donde antes sonaban cañonazos, hoy huele a café. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Zalaeta fue pólvora antes que parque infantil. Fue cuartel antes que cafetería con terraza. Fue ruido de botas antes que runners con auriculares. Ahora es un barrio tranquilo, de esos que la gente llama “bien situado”, con el Orzán a un paso y un museo de arte donde antes había rezos de monjas. Pero no siempre fue así. No. Antes aquí se escuchaban órdenes militares y cañonazos en lugar de pitidos de coches y risas de chavales saliendo del instituto.

Todo empezó en el siglo XVIII, cuando Francisco Antonio de Zalaeta, que debía tener claro lo suyo, levantó un cuartel de artillería. Porque en esta ciudad siempre se ha vivido con un ojo en el mar y otro en el cañón, por si acaso. Soldados, disciplina, fusiles y un barrio que aún no era barrio, sino un trozo de ciudad hecho para la guerra. Pasaron los años, las batallas, las retiradas y los cambios de bandera. Lo de siempre.

Hasta que llegaron los tiempos modernos y a alguien en el Ministerio de Defensa le pareció buena idea largarse de aquí. Año 1988. 800 millones de pesetas y un puñado de sueños urbanísticos después, donde antes había soldados ahora había hormigón. Se cambiaron las botas por zapatos de oficinista, los uniformes por jerseys de cuello alto, y los cañones quedaron ahí, en una esquina, oxidados, como recordando que cualquier tiempo pasado fue más violento.

Hoy, Zalaeta es un barrio de gente con prisa por la mañana y cañas al atardecer. Tiene su instituto, donde generaciones de coruñeses han aprendido más en el Orzán que en las aulas. Tiene su museo de Bellas Artes, que antes fue convento de capuchinas, porque esta ciudad es así, lo mismo te levanta un cuartel que te lo convierte en galería. Y tiene su historia, aunque la mayoría de sus vecinos ya ni la recuerden.

Zalaeta ya no es un barrio de cañones, pero sigue siendo un barrio con carácter. Uno de esos que han visto de todo y han sabido adaptarse sin llorar demasiado. Porque la vida es cambio. Y si hay que cambiar la pólvora por las terrazas y la artillería por los atardeceres en el paseo marítimo, pues se cambia. Que peor sería haber terminado como otro barrio sin alma. Aquí, al menos, queda el eco de lo que fue. Y con eso basta.

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