@jsuarez02111977
Vivimos en un país donde te pueden echar de un bar por llevar zapatillas. No por robar, no por escupir en la cara a alguien, no por acosar a una mujer en la barra. No. Por zapatillas. O por una camiseta. O por vaqueros.
El otro día, en mi ciudad, me encontré con esa realidad de bruces. Cruzo la puerta de un local, confiado, sin molestar a nadie, y el gorila de la entrada me escanea de arriba abajo con la misma mirada con la que un guardia civil sopesa a un chaval con mochila en un control de carretera. No me conoce de nada, no sabe quién soy ni qué hago con mi vida, no tiene ni puta idea de qué llevo en la cabeza, pero ya me ha juzgado. Ya ha decidido.
—Tú aquí no entras.
Así, sin más.
¿Motivo? Llevo una camiseta, unos vaqueros y unos tenis. Un escándalo, por lo visto. No tengo mocasines, ni camisa de cuello italiano, ni pantalón de pinzas que valgan más que mi dignidad. No encajo en su idea de lo que debe ser un cliente. No soy suficientemente bonito para su garito de luces de neón y copas a precio de oro.
Ahí es cuando me hierve la sangre. Porque esta mierda no es nueva. Hace años que vivimos bajo la dictadura de los porteros, esos jueces supremos de la noche que deciden a dedo quién es digno de entrar y quién no. Y lo hacen sin pudor, con la chulería de quien se sabe impune. No es cuestión de normas. Es cuestión de capricho. Hoy no entras por los tenis, mañana porque no les gusta tu cara. Pasado porque eres demasiado viejo, o demasiado joven. O demasiado gordo. O demasiado lo que sea.
Lo divertido de todo esto es que luego, dentro, encuentras a los mismos tíos con americana que se arriman demasiado a las chicas, a los niñatos con camisa de marca vomitando en el baño, a los señoritos con gomina que se creen dueños del mundo porque pagan un gin-tonic a 15 euros. Pero esos sí entran. Ellos cumplen el código de vestimenta. Ellos sí son de los suyos.
Y uno se pregunta: ¿para qué coño queremos estos locales? ¿Para qué gastarse dinero en un sitio donde te filtran como si estuvieras en la puerta de un puto club de golf?
Pues mira, colega, que les den. Que se queden con sus normas, con sus postureos y con su mierda de exclusividad. Que sigan siendo el refugio de cuatro pijos con ínfulas y de los desgraciados que se creen importantes por estar en una lista.
Yo me voy al bar de siempre, donde la única condición para entrar es no ser un gilipollas.