El envejecimiento no es un problema del futuro. Por Miguel Abreu

Desde hace décadas lo sabemos. No es falta de datos, ni de informes, ni de alertas. Sabemos que la población envejece, que la esperanza media de vida aumenta, que trabajaremos más años y que las enfermedades asociadas a la edad dejarán de ser una excepción para convertirse en presencia cotidiana. Sabemos todo esto desde hace mucho tiempo. Y, a pesar de ello, seguimos organizando la sociedad como si el envejecimiento fuera un imprevisto. Como si fuera una molestia que gestionar más adelante. Como si fuera siempre un problema de otra generación. El error no está en vivir más. El error está en persistir, año tras año, en las mismas estructuras, en las mismas políticas cortoplacistas, en las mismas decisiones que ignoran deliberadamente una realidad conocida. El envejecimiento no es un desafío que se aproxima. Es un problema antiguo que hemos elegido no afrontar.

Durante años se exigió una productividad prolongada sin repensar el propio sentido del trabajo, se pidió una adaptación constante sin crear condiciones humanas para ello, se habló de eficiencia como si las personas fueran recursos infinitos y no vidas que envejecen. El trabajo fue organizado para extraer, no para sostener; para producir resultados, no para acompañar el tiempo. El cuidado fue empujado hacia los márgenes de la vida privada, como si no formara parte de la arquitectura social. Las familias fueron dejadas solas para gestionar la fragilidad, las empresas continuaron descartando la experiencia en nombre de una falsa agilidad, el Estado se limitó muchas veces a regular sin estructurar soluciones consistentes. No por maldad explícita, sino también por una ignorancia cómoda, por un desconocimiento real de las consecuencias y por decisiones tomadas lejos de la experiencia, del conocimiento y del contacto con la vida concreta que se pretende regular y gestionar. Y el aplazamiento también es una decisión. Cada año sin acción consciente se transforma en sufrimiento acumulado: más soledad, más agotamiento emocional, más vidas vividas en tensión permanente. No se trata de un problema de personas mayores. Se trata de un fallo colectivo de responsabilidad frente al tiempo.

Una sociedad que no cuida de quienes envejecen no está solo fallando éticamente. Se está fragilizando estructuralmente. Cuando el tiempo vivido es tratado como un peso y la dignidad pasa a depender de una autonomía perfecta y de la utilidad inmediata, la cohesión social comienza a deshacerse. El cuidado deja de ser un deber compartido y se transforma en una variable incómoda, empujada a la sombra, tolerándose soluciones indignas, negligencias silenciosas y formas de abandono que ya no nos conmueven como deberían. No es posible ser unos sin otros, ni construir comunidades donde cada etapa de la vida sea respetada si seguimos fingiendo que este tema puede esperar. El envejecimiento no despedaza a las sociedades. Lo que las despedaza es la negativa persistente que cuidar. Y hay aquí una verdad que preferimos evitar: si no nos sucede nada extraordinario, cada uno de nosotros acabará viviendo dentro de las soluciones que ayudó a aceptar, del laxismo que toleró y de las decisiones colectivas que fingió no ver. La dignidad de la persona humana no es un principio abstracto. Es el lugar donde, tarde o temprano, todos tendremos que habitar.

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