Quedas a cenar con los amigos. Un grupo majo, de esos que se ven poco, pero que, cuando lo hacen, se ponen al día como si no hubiera pasado el tiempo. Y ahí estás tú, con tu prudencia de contribuyente domesticado. Te pides un platito, nada excesivo, y una cerveza, que tampoco es cuestión de desmadrarse. Sabes lo que valen las cosas y, sobre todo, sabes lo que cuesta ganarlas.
Pero siempre hay uno. El artista. El que entra al restaurante con la alegría del que ha encontrado un billete de cincuenta en el suelo. Se pide primero y segundo plato, no escatima en mariscos ni en guarniciones, se atreve con el postre (que si tarta de queso, que si coulant de chocolate) y, al final, cuando ya todos han aflojado la servilleta y empiezan a pensar en retirarse, suelta la gran frase:
—Pagamos a escote, ¿no?
Y claro, ahí se hace un silencio incómodo. Tú miras tu triste platito vacío y tu cerveza ya caliente y piensas: “Ojalá haber sabido que esto iba a ser una fiesta. Me habría pedido el solomillo”. Pero no, porque tú eres de los que pagan lo suyo, los que hacen cuentas, los que entienden que la vida es cara y el dinero cuesta sudor. Sin embargo, hay otra filosofía de vida, la del caradura ilustrado, la del que gasta sin miedo porque sabe que el agujero lo tapará otro.
Esto, estimado lector, es exactamente lo que acaba de hacer el Gobierno con Cataluña.
Después de años de victimismo tarifado, de lloros estratégicos y órdagos políticos de pacotilla, ahora nos vienen con la condonación de la deuda. Y no es cualquier deuda, no. Son 15.000 millones de euros. Un numerito tan grande que, si lo intentas escribir en la cuenta del restaurante, el camarero te echa del local por tomarle el pelo.
Lo mejor es la excusa. Nos dicen que es por “solidaridad territorial”, por “fortalecer el Estado de las Autonomías”, por “garantizar la estabilidad institucional”. Traducido: hay que pagar entre todos porque el colega derrochón ha decidido que le sale gratis la juerga.
Mientras tanto, el resto de comunidades miran el ticket con cara de tontos. Madrid, Andalucía, Galicia, Castilla y León, el País Vasco (que paga menos porque ya tenía su descuento de cliente VIP), todos viendo cómo el Gobierno, cuál camarero compinchado, les dice que sí, que toca aflojar la cartera, que la fiesta la pagan ellos.
Es el clásico “hoy por ti, mañana por… bueno, mañana ya veremos”. Porque lo de Cataluña no es un favor de ida y vuelta, ni un gesto de hermandad entre territorios. Es, simple y llanamente, el chantaje del que sabe que tiene al de la chequera contra las cuerdas. Y lo más divertido es que el tipo que paga el doble (o el triple) sin rechistar es el mismo que mañana volverá a escuchar, que es un rancio insolidario, un españolazo centralista, un opresor del derecho a decidir.
Así que la próxima vez que quedes a cenar, tenlo claro: no seas el pringado que paga el solomillo ajeno. Porque, en política como en los restaurantes, siempre hay un listo que cena por la cara y un tonto que acaba poniendo la pasta.