Donald Trump, ese vendedor de crecepelo con ínfulas de emperador romano, ha puesto sobre la mesa una verdad incómoda: el mundo debe aprender a vivir sin Estados Unidos. Y lo hará. Vaya que si lo hará. Porque la realidad, tan terca como la resaca de un borracho, es que la arrogancia norteamericana ha sobreestimado su propia importancia durante demasiado tiempo.
Trump, que no es precisamente Cicerón, pero tiene el instinto del que huele la sangre en el agua, ha entendido lo que los papanatas de Washington se niegan a aceptar: la barra libre del Tío Sam se está quedando sin copas, y los borrachos de la OTAN y la ONU van a tener que pagarse sus propias rondas. Ya no habrá más marines para limpiar la mierda de Europa, ni más dólares para sostener democracias de plástico en rincones olvidados del mundo. América primero, los demás que se jodan.
Y eso, dicho por un tipo que confunde la geopolítica con un concurso de Miss Universo, debería asustar a más de uno. Pero lo cierto es que el resto del planeta ha empezado a encogerse de hombros. Porque la gran verdad que Estados Unidos se niega a ver es que su ausencia no será el Apocalipsis que tanto pregonan. Nadie llorará la falta de McDonald’s en Moscú, ni la retirada de bases militares en el culo del mundo. Los chinos seguirán haciendo negocios, los rusos seguirán envenenando opositores, los europeos seguirán siendo insoportablemente europeos y los latinoamericanos seguirán matándose entre ellos sin necesidad de que la CIA meta la cuchara.
El mundo sin América no será un paraíso, pero tampoco el infierno que nos vendieron. Será un lugar más salvaje, menos predecible, más caótico. Pero, y esto es lo importante, seguirá girando. Porque la Historia no se detiene cuando un imperio decide encerrarse en su casa a ver la Super Bowl. Roma cayó y la humanidad siguió follando, guerreando y bebiendo vino.
Así que adelante, Mister Trump. Cierre la puerta al salir. El resto nos apañaremos.