El descanso es sagrado. Punto. Ni, pero, ni coma, ni leches. No hay más. Y no me vengan con la milonga de que hay que encontrar un equilibrio entre el ocio y el derecho al sueño, porque equilibrio, lo que se dice equilibrio, no es que un grupo de energúmenos esté berreando debajo de tu ventana a las tres de la mañana mientras tú madrugas al día siguiente. Eso es joderle la vida a los demás.
Pero aquí estamos, en un país donde el ruido se ha convertido en religión y donde parece que el que exige dormir es un amargado. Como si la fiesta fuese un derecho constitucional y la paz un capricho de gente aburrida.
Antes, uno sabía a lo que iba. Había bares, había pubs, había discotecas. Cada uno en su sitio y con sus horarios. Ahora no. Ahora cualquier restaurante, taberna o tugurio con cuatro luces de colores y un altavoz Bluetooth se cree Ibiza. Tú entras a cenar, te sientas con la ilusión de una conversación tranquila y, en cuanto te traen el primer plato, aquello se convierte en un after. Sin previo aviso, sin preguntarte. De repente, un DJ se instala en un rincón, suben el volumen, el camarero cambia la carta por copas y el local se transforma en una verbena clandestina.
Pero lo peor no está dentro, sino fuera. Porque no contentos con invadir el espacio de los que buscan cenar, los hosteleros han decidido que el espacio público también es suyo. Y ahí están las aceras y las plazas, tomadas por una horda de fumadores y bebedores que han encontrado en la calle su sala VIP. Y claro, como están fuera del local, el dueño se lava las manos. No son su problema. Como si la gente se hubiera materializado por arte de magia en la puerta de su garito y no fuesen sus clientes, a los que ha cebado a chupitos y cervezas hasta que no distinguen entre hablar y berrear.
Pues no, señor hostelero. No. La calle no es suya. Usted es responsable de lo que pase dentro y fuera de su local. Si su negocio genera un problema de ruido en la vía pública, es su problema. Como es su problema si alguien sale borracho de su bar y monta una bronca, o si su terraza ocupa más espacio del que le corresponde. No puede usted abrir las puertas, soltar la jauría y desentenderse. Porque el derecho al descanso de los vecinos vale tanto como su derecho a hacer caja.
Pero claro, esto es España. Aquí se legisla con la cintura floja y la vista gorda. Aquí las normativas existen, pero no se aplican, porque el que tendría que hacerlas cumplir está demasiado ocupado tomándose un gin-tonic en la barra del mismo bar que debería estar inspeccionando. Y así nos va.
El resultado es una ciudad que se cree moderna por llenar las calles de altavoces y chiringuitos, pero que en realidad es un zoco sin ley donde el que más grita se impone. Y mientras tanto, los que trabajan al día siguiente, los que tienen niños pequeños, los que simplemente quieren vivir en paz, que se vayan a freír puñetas.
Pues no. No nos jodemos. Nos plantamos. Porque el descanso es sagrado. Y si los bares quieren hacer negocio, que lo hagan dentro de sus paredes, con respeto y con responsabilidad. Pero que dejen de convertir la calle en un vertedero de ruido. Que no conviertan la ciudad en una discoteca sin techo. Que entiendan, de una santa vez, que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Y que la fiesta, por mucho que les joda, no está por encima del derecho a dormir.