Cacahué: Rock, Galicia y un par de coj…. Por Jesús Suárez

En este país de moderneo de pega, de festivales de postureo y bandas de indie blando con pantalones pitillo y letras de amor bobalicón, hablar de Cacahué es como escupir gasolina en una sala llena de mecheros. Porque lo suyo no fue música: fue una patada en los huevos del sistema, una gaita enchufada al amplificador y un grito desde A Coruña con olor a cerveza rancia, cuero sudado y orgullo de barrio.

Se formaron en el 86, cuando montar un grupo era cuestión de agallas, no de algoritmos. Gandy a la voz, Falke a la guitarra, Pedro Trelles dándole a la batería como si la odiara, y Tato —bendito cabrón— al bajo, bajando a las catacumbas con cada nota. Y para rematar, un gaitero, Kukas. Porque sí, porque eran gallegos, coño, y lo llevaban por delante. Si no te gustaba, ahí tenías la puerta.

Grabaron en un ocho pistas del estudio de Arturo Kress, Pirámide, con lo justo y con las pelotas. Nació ‘Rock del Deportivo’, con una letra que quemaba, y que sonó en Riazor en la 86-87. Nada de flautitas ni épica edulcorada: un himno de estadio con mala leche y guitarra sucia. El puto Dépor tenía por fin una banda sonora a su altura.

Y no fue solo eso. En las demos salieron temas con nombres que sabían a barra de bar a las cuatro de la mañana: ‘Cógelo’, ‘Que marrón’, ‘Pastelera’, ‘Zurraspa fina’, ‘Rock del Alfredo’, ‘Mariloli’, ‘Percebes’… Canciones como hostias. Letras como navajazos. Ritmos que no pedían permiso. Si no lo pillabas, el problema era tuyo.

En el 90 se apuntaron a un certamen contra la droga en Cambre. Resultado: tomates, objetos volando, y hasta una escopeta de perdigones. La peña disparándoles mientras tocaban. Literal. Aplausos no, plomo. Bienvenidos a Galicia, amigos.

En el 91 grabaron su único EP, producido por Eloi Caldeiro. Una sola cara, pero más actitud que toda la discografía de los pijos que llenan festivales hoy. Nonito Pereira lo decía claro en El Ideal Gallego: Cacahué estaba listo para todo. Aunque su estilo escupiera en la cara de las radiofórmulas.

Ese mismo año, el Dépor sube a Primera. Montan un escenario en el Obelisco. Empiezan a tocar. No terminan ni el primer tema: la afición se vuelve loca, los sube a hombros y se los lleva por el Cantón como si fueran gladiadores. Eso no lo hace un grupo cualquiera. Eso lo hace una puta leyenda.

Pero el rock también muerde. Y a veces, mata. A principios del 91, Tato muere de leucemia con 24 años. Veinticuatro, joder. Se acabó. Sin Tato no había nada. Punto. Iban a grabar un LP, buscaban discográfica. Todo a la mierda. Gandy lo recordaba así: una Nochebuena entera conduciendo desde Madrid para llegar a tiempo de despedirse. No llegaron. Porque la vida, a veces, es tan hija de puta como real.

Después vino la resaca. Gandy prueba en Madrid, vuelve, graba ‘Airiños de Rock & Roll’, monta La Banda del Camión, y se vuelve a liar con Pedro Trelles y Kukas. En el 2003, Trelles se mete en Heredeiros da Crus. Kukas se va con Konflikto. La llama no se apagó, solo cambió de forma.

Y en 2016, treinta años después, Cacahué volvió a rugir. Una noche. En el Mardi Gras. Ciento cincuenta entradas. Un CD autoeditado. Maquetas, rarezas, mugre y gloria. El rock, como debe ser: para unos pocos, para los que lo vivieron, para los que lo entienden.

Cacahué no fue una banda. Fue una actitud. Un escupitajo en la cara del buen gusto. Un golpe de guitarra en los cojones de la indiferencia. Son la prueba de que el rock de verdad nunca tuvo cabida en este país de monjas con gafas de sol. Por eso no llegaron lejos. Por eso son eternos.

Larga vida a Cacahué. Larga vida al rock que huele a sudor, a rabia, a gaita y a calle.

Y al que no le guste, que se ponga a Vetusta Morla.

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