TikTok, aranceles y la caída del imperio americano. Por Enrique S. Luengo

Estados Unidos, ese país que durante décadas gritó al mundo las bondades del mercado libre, ha terminado pegándose un tiro en el pie con la pistola que ellos mismos diseñaron. Mientras suben aranceles como quien lanza bombas —a China, a Europa, a todo lo que se mueva— con porcentajes delirantes y discursos de “América primero”, no se dan cuenta de que lo único que están logrando es destruirse desde dentro.

Donald Trump, con su torpeza de macho alfa desbocado, sigue creyendo que imponer barreras comerciales es una forma de demostrar fuerza. Pero la realidad es otra: cada arancel es un ladrillo más en la tumba del imperio americano. Cada veto, cada amenaza, cada medida proteccionista desesperada es el reflejo de un país que ya no compite, que ya no innova, que ya no lidera.

Mientras los americanos intentan frenar a China con medidas del siglo pasado, los chinos han jugado al ajedrez con una pieza que nadie vio venir: TikTok. No es una red social, es una operación quirúrgica. Una humillación pública a Estados Unidos. Un escaparate donde se revela toda la hipocresía americana: empresas que alardean de patriotismo mientras fabrican todo en Asia, marcas envueltas en la bandera pero ensambladas en fábricas chinas donde la mano de obra cuesta menos que un café.

La guerra comercial que empezó Trump no ha sido una batalla. Ha sido una carnicería. Y la sangre la han puesto las grandes marcas americanas. Apple, Nike, Ford, General Motors, Intel… todas se han tambaleado, han perdido valor, han cerrado plantas, han recortado plantilla. El intento de estrangular a China con aranceles ha sido respondido con inteligencia, paciencia y precisión por Pekín. Resultado: las empresas americanas se han ido al suelo y el país se ha empobrecido.

Cada día que pasa, Estados Unidos es un poco más pobre. Y ni siquiera se están dando cuenta. Están demasiado ocupados agitando banderas, repartiendo discursos vacíos, hablando de amenazas extranjeras mientras su propio sistema colapsa.

La gente lo nota. La inflación se dispara, los sueldos no alcanzan, las oportunidades se esfuman. Mientras tanto, los chinos siguen vendiendo, produciendo, exportando y riéndose en silencio. No con tanques ni misiles, sino con algoritmos, redes sociales y control absoluto del nuevo lenguaje global.

TikTok ha hecho más daño a la economía americana que cualquier guerra tradicional. No porque espíe —eso es la excusa infantil de quien no sabe perder—, sino porque ha demostrado que el centro del mundo ya no está en Silicon Valley. Está en Asia. Que la creatividad, la atención y la influencia ya no vienen de Hollywood ni de Nueva York. Vienen de plataformas que los americanos no controlan y ni siquiera entienden.

Y mientras Trump firma órdenes, insulta en mítines y se cree general de una guerra que ya perdió, China recoge los restos del imperio. Sin alzar la voz. Sin disparar un tiro. Solo dejando que los americanos se destruyan a sí mismos con sus propias reglas.

El país de las barras y estrellas ya no lidera el mundo. Lo observa desde el retrovisor, mientras otro lo adelanta sin mirar atrás.

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