El libro de las plagas modernas

@jsuarez02111977

Hallado en los sótanos del algoritmo. Prohibido por los templos del buenismo.
Inspirado por los dioses caídos del pensamiento libre
.

Capítulo I
De cómo los hombres adoraron a dioses de plástico y olvidaron que tenían alma

Y fue que, tras siglos de guerras, hambre y redención, el hombre creyó haber llegado al Paraíso.
Edificó ciudades de cristal y silicio, nombró dioses nuevos: WiFi, Estado, Progreso, Igualdad, Seguridad, Identidad…
Y olvidó al más antiguo de todos: el propio hombre.

Y he aquí que descendieron las plagas. No sobre el Nilo, sino sobre las redes. No en Egipto, sino en cada pantalla.
Y no hubo Moisés que advirtiera, porque los profetas ya no tienen seguidores, y los sabios son tratados de “boomer”.

De las once plagas que asolan el mundo moderno y lo dejan estéril

Primera plaga: La inteligencia sin conciencia
Y crearon máquinas que escribían, hablaban, pensaban.
Y los hombres dejaron de hacerlo.
Y las máquinas se alimentaron del alma humana como langostas de campo fértil.
Y el dios algoritmo sustituyó al dios del trueno.
Y la verdad fue un plugin.

Segunda plaga: El Estado-Dios
Y crearon un nuevo Faraón que lo regulaba todo: desde la cuna hasta el retrete.
Y los hombres se arrodillaron ante la Ley en lugar de la Verdad.
Y el deber fue abolido.
Y ya no había padres, ni templos, ni brújulas.
Sólo formularios, subsidios y censura en nombre del bien común.

Tercera plaga: El culto a la Identidad
Y cada hombre dijo: “Yo soy mi género, mi trauma, mi color, mi bandera, mi herida”.
Y dejó de ser un ser humano.
Y se rompió la tribu, la familia, el relato común.
Y los hombres ya no eran hermanos, eran etiquetas.

Cuarta plaga: El pan sin hambre
Y comieron tres veces al día, y vomitaron vacío.
Y sus cuerpos rebosaban mientras sus espíritus se descomponían.
Y no había hambre, pero sí ansiedad.
Y no faltaba comida, pero sí sentido.

Quinta plaga: El orgasmo sin cuerpo
Y copularon con píxeles, se enamoraron de hologramas.
Y olvidaron cómo huele el sudor del otro.
Y parieron sin tocarse, y amaron sin mirarse.
Y el sexo fue una transacción sin alma.
Y la carne dejó de tener sangre.

Sexta plaga: Los niños sin infancia
Y los arrojaron al templo de la pantalla desde la cuna.
Y les dieron móviles antes que palabras.
Y les amputaron la imaginación.
Y crecieron obedientes, dopados, tristes.
Y los patios quedaron vacíos.
Y el lápiz fue declarado arma blanca.

Séptima plaga: El lenguaje contaminado
Y corrompieron la palabra.
Y “libertad” significaba obediencia.
Y “inclusión” significaba sumisión.
Y “tolerancia” significaba censura.
Y “amor” significaba claudicación.

Octava plaga: El entretenimiento eterno
Y ya no se podía estar en silencio.
Y la música era ruido, la risa era histérica, el contenido era dopamina.
Y el alma no tuvo espacio para llorar ni recordar.
Y la vida fue un carrusel de reels sin descanso.

Novena plaga: La ignorancia ilustrada
Y todos opinaban.
Y todos sabían.
Y nadie pensaba.
Y los que sabían callaban por miedo al linchamiento.
Y la universidad se convirtió en fábrica de slogans.

Décima plaga: El futuro sin raíces
Y arrancaron la historia, destruyeron monumentos, condenaron a sus abuelos.
Y creyeron que el mundo empezaba con ellos.
Y construyeron castillos sobre arena.
Y al primer viento, todo cayó.
Y nadie sabía ya de dónde venía, ni por qué estaba aquí.

Undécima plaga: La muerte sin gloria
Y la muerte fue escondida, enterrada en vida.
Y se murió sin duelo, sin héroes, sin tragedia.
Y el último acto de la existencia fue clínico, higiénico, olvidado.
Y nadie quiso morir.
Y por eso nadie vivió de verdad.

Capítulo III
Del grito final, y de los pocos que aún resisten

Y aún hubo algunos —viejos, locos, poetas, padres que no se rinden— que recordaron.
Y encendieron velas en cuevas.
Y enseñaron a sus hijos a escribir con tiza.
Y volvieron a cazar, amar, leer en voz alta, pelear con honor, rezar sin miedo.

Y dijeron:

—La redención no vendrá del progreso, sino del regreso.
—Hay que regresar al fuego, al verbo, al padre.
—El mundo se salva uno por uno. En silencio. En casa. En las raíces.

Y quizás, cuando las pantallas se apaguen y la última plaga cumpla su ronda,
un niño, en una montaña, sin cobertura, leerá este texto.
Y entenderá.
Y nacerá otro mundo.

Amén.

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