
Hoy, la Iglesia se ha silenciado. Partió el Papa Francisco. Como si quedáramos huérfanos.
Se fue aquel que se atrevió a soñar con una Iglesia de puertas abiertas, de sandalias gastadas y manos sucias de misericordia. Aquel que no temió ser puente, incluso sobre aguas turbulentas. Aquel que nos enseñó que no hay doctrina sin ternura, ni fe sin compasión.
Hoy, el mundo es más pobre. Pero el Cielo canta más alto. Y nosotros, hijos de este tiempo, bendecimos a Dios por haber podido vivir, respirar y celebrar la Pascua con el Papa Francisco.
Con él aprendimos la belleza del Evangelio vivido por entero. Con él lloramos las heridas de la humanidad. Con él redescubrimos que la ternura es el lenguaje de Dios.
Francisco no fue solo un Papa. Fue un gesto profético. Fue un soplo del Espíritu. Fue una rodilla doblada en oración y una mirada que acogía sin juzgar.
En este día en que la Iglesia se viste de luto y esperanza, estamos llamados a velar. No velamos solo un cuerpo. Velamos un testimonio. Velamos la memoria viva de un pastor que quiso ser «el perfume de Cristo» para los pobres, para los últimos, para todos.
El Papa Francisco partió como vivió: Sencillo. Humilde. Firme en la esperanza. Dejando tras de sí una Iglesia más humana, más pobre, más parecida al Evangelio.
Y ahora, ¿qué nos queda? Nos queda seguir. Nos queda continuar el camino que él trazó con pasos lentos, pero llenos de luz. Nos queda ser lo que él nos enseñó: Una Iglesia en salida. Un pueblo que abraza. Una fe que no señala con el dedo, sino que tiende la mano.
Hoy, en silencio, velamos. Agradecemos. Rezamos.
Y dejamos que las lágrimas que recorren nuestro rostro se transformen en compromiso. Que el dolor de esta partida nos haga más hermanos. Y que el nombre del Papa Francisco se escriba, para siempre, no solo en la historia… sino en el corazón de la Iglesia.
Muchas gracias, Santo Padre.
Muchas gracias, Francisco. Por habernos mostrado el rostro más bello de Dios. Por haber vivido con nosotros tantos viernes,
y por habernos conducido, con amor,
hasta la luz de cada domingo. Por haberte ido, pero dejarnos enteros y llenos del coraje del Evangelio.
Hoy, los ángeles cantan más alto.
Y la Iglesia, incluso de rodillas… camina.