Club Del Mar de San Amaro: cuando un puñado de coruñeses decidió no pedir permiso para ser libres. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Las grandes gestas no se anuncian. Se hacen. Y punto. Como se fundó el Club del Mar de San Amaro en 1935: sin pancartas, sin titulares, sin nadie aplaudiendo desde un palco. Solo un grupo de tipos normales —marineros de tierra, profesores, chavales de barrio y jubilados prematuros de la República— que decidieron que aquella cala al pie de la Torre de Hércules no podía ser solo un paisaje. Tenía que ser un hogar.

No tenían mucho: unas tablas, una idea, una playa… y los restos de cemento que se descargaban en el puerto. Sí, sobras de obra. Y manos. Porque más que con dinero, el Club del Mar se levantó con trabajo altruista. Con horas de vecinos que se quitaban tiempo del jornal o del descanso para alzar algo que no era suyo, pero sí de todos. Y lo hicieron, sobre todo, por una razón que en aquella época era vital: en las casas de Monte Alto no había duchas. La gente salía del mar salada y sin remedio, y precisaban un lugar donde asearse con dignidad.

Pero la libertad duró poco. Llegó el 36 y, con él, el desguace moral del país. A los que fundaron el Club no les perdonaron ni la alegría ni la decencia. Les ocuparon el edificio. Les persiguieron. Les callaron. El club se apagó. Pero no se extinguió. Porque cuando algo se levanta con verdad, siempre queda debajo un rescoldo ardiendo. Esperando.

Y en los años cuarenta, entre ruinas y silencios, volvió. No como antes, no con fanfarrias. Volvió con cicatrices, con menos nombres y más memoria. Se reconstruyó, esta vez sobre los huesos del viejo Fuerte de San Amaro, una fortaleza que había vigilado la costa y que ahora se transformaba en un bastión de deporte, cultura y libertad. Pedro Vasco y Álvaro Paradela, entre otros, fueron de los primeros en empujar de nuevo la piedra cuesta arriba. Y lo hicieron con una determinación que desafiaba a la adversidad.

En los 60 se implantó una piscina exterior. En los 70, un pabellón polideportivo. Y cuando les pareció poco, compraron el terreno colindante para ampliar la oferta de servicios. Todo sin subir a la cabeza ni perder la esencia. Porque aquí nunca se trató de vender abonos ni colgar diplomas; se trataba, y se sigue tratando, de que el club sea útil. Útil para el niño que aprende a nadar, para la señora que viene a mover las piernas en aeróbic, para el abuelo que se sienta al sol a ver pasar el tiempo, acompañado de sus recuerdos.

A principios de los 80, el Club del Mar era una potencia: más de 4.000 socios titulares, más de 5.000 beneficiarios. Y cuando se vislumbró que aquello podía desbordarse, la Junta Directiva dijo basta. Frenaron el crecimiento para evitar que el club se convirtiese en un supermercado de servicios, optando siempre por la calidad sobre la cifra. Prefirieron seguir siendo comunidad antes que negocio.

Luego llegaron las vacas flacas, la decadencia, el cansancio. Pero en 1988 volvieron a darle la vuelta a la tortilla: reformaron, mejoraron y se adaptaron. Y entonces llegó el Paseo Marítimo, con su aire de modernidad arrasadora. Tuvieron que derribar el viejo pabellón. ¿Problema? No. Lo reconstruyeron bajo tierra, como quien entierra una semilla para verla crecer más fuerte. Incluso gestionan la piscina climatizada del Concello. Porque sí. Porque pueden. Porque se lo han ganado.

Y mientras los gimnasios de cadena ofrecen música a todo volumen y espejos para el ego, en San Amaro se sigue escuchando el chapoteo del agua y el crujir de los remos. Aquí no hay exhibicionismo. Aquí hay presencia. Constancia. Servicio. Y memoria.

No hay ideología ni marketing. Hay una forma de vivir: digna, sencilla y fuerte. Que nadie se confunda: el Club del Mar no es nostalgia, es resistencia activa. En cada curso de zumba, en cada sesión de tenis de mesa, en cada niño que chapotea en la piscina de 0 a 2 años, vibra el eco de los que hace 90 años pusieron su nombre y su fe al servicio de algo que jamás imaginaron que se volvería eterno.

Esto no es un homenaje. Es una advertencia. El Club del Mar de San Amaro no es solo historia; es futuro con memoria. Y si algún día A Coruña olvida lo que significa levantar algo desde la nada con el poder de la voluntad, bastará con pasearse por el Paseo del Club del Mar número 1 y respirar hondo.

Ahí, bajo la Torre, sigue viva la dignidad.

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