Hemos buscado el fin, olvidando nuestra esencia. Por Mateo Pintado Golpe

Me crié en un barrio madrileño, frente a un largo paseo donde el asfalto era césped y los árboles, porterías. Como palco, un gran Burger King. Las porterías no eran tres postes de madera: eran bancos, escaleras, el espacio entre dos macetas de árboles. El local vacío en los bajos del edificio central era nuestro frontón para jugar al mítico juego de la pared, cuando no éramos los suficientes para echar una pachanga. El adoquín distinto marcaba el córner, y diez pasos desde la portería señalaban el punto de penalti.

No había largueros. Si se iba alto, se gritaba “¡Alta!”, como si Dios mismo dictara justicia. Y, si había dudas, se echaba mano del viejo chantaje: “gol o penalti”.

Cuando chicos de otros coles o barrios celebraban su cumpleaños en el Burger, sabíamos esperar a la tarta. No por el dulce, sino por lo que venía después: un partido sin tiempo, sin tregua, sin fin. Solo cuando, uno a uno, empezaban a ser llamados desde los balcones por sus padres y el campo se iba quedando vacío.

Tardes eternas. De salir del colegio a las cuatro y estar a las cinco en el parque, sin falta. De jugar hasta que el cielo se encendiera en naranja y las farolas nos regalaran prórrogas inolvidables. Tardes de gambetas, disparos y de chicos recién llegados al barrio con los que, a los cinco minutos, ya celebrábamos un gol como si llevasen empadronados en Arganzuela toda su vida.

Aprendíamos fútbol, sí. Pero también aprendíamos de la vida.

Hoy paso por esas mismas calles y solo queda el eco. Un día, sin saberlo, jugué mi última pachanga en el Pasillo Verde. Nadie vino después. El tiempo siguió, pero los niños no. Los cumpleaños en el Burger ya no terminan con goles, sino con partidas a la Play en casa del cumpleañero. Las escaleras ahora tienen barandillas, los bancos se usan para sentarse y la vecina del primero ya no sale al balcón a amenazar o quejarse. No le hace falta. No hay ruido, ni niños, ni pelotas golpeando la pared de su local.

En el afán por profesionalizarlo todo, por fabricar estrellas, por criar Messis en miniatura o esperar que los niños jueguen como el Bayern, hemos exiliado el fútbol a las academias, dejando vacías nuestras calles. Antes, se entrenaba martes y jueves, pero el resto de la semana era libre, sin límite de toques. Parque, fútbol, sudor, risas, broncas, reconciliaciones. Ahora hay preparador físico, psicólogo deportivo, gimnasio, y los viernes no fallan los videojuegos.

Y así, cada vez hay menos chicos con chispa, con picardía, con fuego en la sangre. Menos que se atrevan a un regate imposible, que jueguen con rabia y alegría a partes iguales.

Quedan pocos que, al perder un balón, corran como si les fuera la vida en ello. Lloran por perder, sí, pero ya no se enfadan como lo hacíamos nosotros. Ya no hay ese deseo de revancha.

En nuestro intento de crear profesionales, hemos matado al jugador callejero. Al futbolista español. Ese que hacía magia sobre una baldosa, que veía los pases imposibles, que sonreía mientras replicaba frente a 80.000 almas lo que una vez aprendió a hacer en el barrio con sus amigos.

No renunciemos a lo que somos. Volvamos a la calle. Dejémonos de reglamentos y volvamos a las porterías de árboles. Olvidemos el VAR y recuperemos el gol o penalti. Volvamos a hacer que la vecina del primero tenga que salir a la ventana a regañar porque su salón esté temblando por nuestro juego de la pared. Hagamos que las madres vuelvan a llamarnos desde el balcón para ir a cenar, y no a entrar en nuestro cuarto a ver cuánto queda de partida.

Eso sí, esta vez, que el dueño del balón no decida quién juega y quién no, porque todos tienen un sitio en el equipo de la infancia.

Volvamos a jugar. Volvamos a ser.

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