La dictadura de los márgenes: Precios de guerra, salarios de miseria y políticos en su burbuja con sueldos Nescafé

No es solo inflación, es un saqueo consentido lo que ersta sucediendo desde ayer con las subidas de precios, con el telón de fondo de la guerra de Irán. Mientras el ciudadano de a pie se las ingenia para que el sueldo no se le evapore antes de la segunda semana del mes, asistimos a un espectáculo bochornoso: el de una clase política enfrascada en su particular guerra de despachos, insultos y sillones, totalmente desconectada de la realidad de la calle.

La historia se repite. Al igual que ocurrió con la guerra de Ucrania, el sistema utiliza el miedo como el pretexto perfecto para asfixiar al pueblo. En las gasolineras, los precios suben al ritmo del pánico; en los lineales de los supermercados, el etiquetado de los alimentos básicos cambia de precio cada día ante nuestra mirada de impotencia. Es un atraco a plena luz del día perpetrado por empresarios sin escrúpulos que inflan sus beneficios aprovechando la inestabilidad global.

¿Y qué hacen nuestros representantes? Mirar hacia otro lado mientras alimentan su propia maquinaria. Pasan de los problemas reales de los ciudadanos, a los que solo ven como números en una estadística electoral. Nos tratan como a un rebaño que, cada cuatro años, acude mansamente a las urnas para perpetuar a quienes nos ignoran.

Es especialmente doloroso el trato hacia nuestros mayores. La política del miedo ha calado hondo en una generación a la que todavía intimidan, como en toempos de la dictadura, con esa frase rastrera y ruin: «Si no votas, te quitan la pensión». Es el mantra electoral de siempre, lo hacen todos los partidos, unos diciendo que lo hará al derecha y los otros, lo hará la izquierda. Es el chantaje emocional definitivo. Utilizan el sustento de quienes levantamos este país para asegurar sus votos, mientras permiten que la cesta de la compra y el combustible devoren el poder adquisitivo de esas mismas pensiones.

Estamos ante un sistema perverso donde los de arriba brindan por la crisis. Mientras las grandes corporaciones engordan sus cuentas y los políticos blindan sus privilegios, el ciudadano paga los platos rotos de unas guerras que no ha provocado. No es una guerra de banderas, es una guerra contra el bolsillo del trabajador. Ya es hora de dejar de ser ovejas y empezar a señalar a quienes se lucran con nuestra desesperación.

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