Secretos que sólo las paredes pueden contar. Por Miguel Abreu

Desde el momento en que el Papa Francisco partió a la Casa del Padre, se extendió sobre el mundo un silencio que el ruido exterior no acepta. Un silencio no de ausencia, sino de espera. Las paredes de la Capilla Sixtina guardaron ese silencio sagrado, como quien escucha los pasos de Dios entre los hombres. Escucharon el secreto de un discernimiento profundo. No es un juego de poderes. No es política. Es misterio. El cónclave no es un escenario, es un retiro del alma eclesial, donde los Cardenales se recogen para escuchar al Espíritu, y no el bullicio del mundo. Es un tiempo que el mundo difícilmente comprende.

Mientras muchos esperaban noticias para saciar la curiosidad o alimentar especulaciones, la Iglesia esperaba en silencio. Un silencio que protege. Un silencio donde Dios habla. Un silencio que guarda la dignidad de la misión. Porque, en este tiempo, no se trata solo de elegir a un hombre, sino de reconocer, con temor y esperanza, a aquel que debe cargar con el peso de la Iglesia y abrazar al mundo entero. La Iglesia es Cuerpo místico de Cristo – y cuando se reúne, no es para entretener, sino para amar, acoger y cuidar. Por eso, la reserva de los Cardenales no fue miedo, fue coraje. Protegieron lo sagrado. Nos guardaron de la banalidad y la voracidad de un tiempo que transforma todo en espectáculo.

Hoy, el mundo vio abrirse la ventana y por ella, como una brisa suave, apareció el nuevo Sucesor de Pedro, el Papa León XIV. Un nombre antiguo, pero una presencia nueva. Un hombre que no ocultó su emoción, con voz temblorosa y un corazón visiblemente tocado por la gracia. Con sus primeras palabras, nos trajo la paz – y fue esta la palabra que más pronunció. Pero no una paz cualquiera. Dijo él, con voz conmovida: “Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante.” No fue un discurso político. Fue una bendición al mundo entero. Y quienes creen reconocieron allí la ternura de Dios, que nunca abandona a su Iglesia. Comienza ahora el tiempo del Pastor. Y para quienes tienen fe, es también el tiempo de la confianza: el Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia, ayer, hoy y siempre.

Al final, antes de la bendición, en un gesto de sencillez y fe, el Papa León XIV pidió a todos que rezaran un Avemaría. Y así, bajo la mirada de María, Madre de la Iglesia, entregamos este nuevo comienzo. Tampoco olvidó a su predecesor, el Papa Francisco, a quien agradeció con gratitud y cariño. Este momento, tan profundamente humano y tan divinamente conducido, nos recuerda que la Iglesia vive de la fe, de la oración y de la fidelidad al amor de Cristo.

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