Bob Pop, o la miseria de escupir en la cara al público

El pasado domingo me senté en una butaca del teatro Rosalía con la esperanza de escuchar algo que me removiera el pensamiento. Lo que me removió fue el estómago.

Fui a ver a Bob Pop. Sí, ese personaje que muchos elevan como referencia del progresismo lúcido, colaborador en la radio de Àngels Barceló, columnista con ínfulas, escritor de lo suyo y ahora figura invitada en festivales culturales, como si fuera el epítome del ingenio subversivo. En A Coruña le abrieron las puertas del Corufest, le ofrecieron foco, micro, respaldo institucional y una platea repleta. Y él, en lugar de dar un discurso lúcido o un monólogo valiente, vomitó. Vomitó en escena, sobre nosotros. Y encima, quiso que lo aplaudiésemos por ello.

No sé ni cómo calificar lo que vi. ¿Charla? ¿Monólogo? ¿Ejercicio onanista disfrazado de arte? Lo cierto es que no tenía ni gracia, ni inteligencia, ni profundidad. Fue una exhibición grotesca de lo que ocurre cuando uno confunde lo escatológico con lo provocador, y lo obsceno con lo valiente.

Durante más de una hora, Bob Pop intentó vendernos su lucidez con anécdotas que, lejos de incomodar por lo que revelaban del mundo, incomodaban por lo que revelaban de él. Criticaba con acierto la caspa de personajes como Santiago Segura o Pablo Motos —concretamente, aquel infame casting para Torrente 2, donde chicas enseñaban los pechos para escenas que nunca se rodaron, pero sí se incluyeron como extra en el DVD. Asqueroso. Una crítica legítima. Pero la coherencia duró lo que un sorbo de cerveza caliente. Porque acto seguido, Bob Pop nos regaló dos historias de las que uno no sale indemne.

La primera, sobre un niño pequeño que se acercó a jugar con su perro, un animal grande, nervioso, de esos que babean sin compasión. El niño acabó con la cara empapada de esa baba densa y viscosa. Y Bob Pop, en su narración, nos confesó que lo primero que le vino a la cabeza fue que aquello parecía una eyaculación en la cara del crío. Que pensó que la madre iba a denunciarle por haberse corrido en la cara de su hijo. Lo dijo con risitas. Como quien lanza una bomba esperando una ovación. Y yo, en mi asiento, sentí que algo se rompía. No por escándalo, sino por asco. Por pura repulsión intelectual.

¿Eso es humor? ¿Eso es provocación? ¿Ese es el nivel?

Pero no acabó ahí. Luego vino otra historia, aún más repugnante, sobre cómo a los 17 años, queriendo acostarse con un compañero de instituto y teniendo en casa a su hermano pequeño de cinco años —sí, cinco años— que no lograba dormirse, se le ocurrió echarle valium en la leche. Repito: valium. A un niño de cinco años. Y como no se despertaba antes de que llegaran sus padres, le dio Coca-Cola para intentar “resucitarlo”. Todo contado como si hablara de una gamberrada adolescente. Como si fuera simpático, entrañable. Un recuerdo pícaro.

No me lo pareció.

Y no me vengáis con que era ficción. Me da igual si lo era. Porque el humor también tiene reglas. Y cuando un adulto se sube a un escenario a relatar que drogó a un menor con somníferos, aunque sea en tono de comedia, aunque sea literatura escénica, el mínimo exigible es que haya reflexión, contexto o algún indicio de que hay algo detrás más allá del impacto fácil. Pero no. Aquí lo que hubo fue mugre. Un lodazal de anécdotas rancias disfrazadas de cultura underground.

Y aquí viene lo más preocupante: en la cola del teatro había niños. Padres con críos. Nadie les advirtió que lo que iban a presenciar era una descarga verbal donde se banalizaban escenas impropias incluso para un bar de carretera. Ni una mención a la edad recomendada. Ningún aviso sobre contenido explícito. Y eso en un espacio público, con programación institucional, con dinero de todos.

¿Qué está pasando con los filtros culturales? ¿Qué entiende esta ciudad por espectáculo provocador? ¿Quién decidió que esto era adecuado para un festival donde se presupone que el pensamiento crítico y el talento deben ir de la mano?

Lo que vi el domingo no fue valentía. No fue inteligencia. Fue una oda a la zafiedad sin causa. Fue usar la provocación como cortina de humo para disfrazar la falta de fondo. Y eso no es arte. Es oportunismo disfrazado de transgresión.

Así que no, Bob Pop. No eres un maldito. No eres un outsider necesario. No eres un genio incomprendido. Eres exactamente aquello que criticas: un personaje deforme que necesita tocar fondo para llamar la atención. Un tipo que no tiene nada que decir y que por eso grita, salpica y busca el escándalo.

Y yo, que fui al teatro a escuchar, salí con la amarga sensación de que me habían escupido en la cara. Literalmente.

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