@jsuarez02111977
España no es un país. Es una cloaca. Un estercolero institucional en el que chapotean a gusto mafiosos con corbata, pijos de escaño heredado, estómagos agradecidos y putas caras de cemento que ni se inmutan mientras lo saquean todo. No hay patria. No hay futuro. Solo hay saqueo organizado con el beneplácito del aplauso, el silencio o la ignorancia del rebaño.
Mire al Congreso, ese mausoleo de lo que alguna vez se llamó democracia. Allí dentro no legislan, se reparten. No representan, se blindan. Es una puta ciénaga de favores cruzados, maletines discretos, fundaciones pantalla y asesores a dedo. Mafia, sí. Pero de la mala. De la cutre. De la que ni siquiera sabe esconder bien sus miserias. De la que tiene en nómina a periodistas, fiscales, jueces y hasta a algún cura que les da la absolución entre canapé y misa.
Los partidos son cárteles ideológicos con estructura piramidal, jerárquica, tóxica y podrida. PP, PSOE, Sumar, Vox, Junts, Bildu, Podemos, ERC, PNV, da igual el nombre: el hedor es el mismo. Roban a manos llenas, y cuando no roban, callan. Y si alguien habla, se le liquida con una querella, una filtración o un puesto en Bruselas. Esta no es la casta. Esto es directamente crimen organizado con sello oficial. Lo llaman Congreso de los Diputados y debería llamarse Sede Central del Delito Legalizado.
Y el pueblo, como borrego con Netflix, cerveza fría y patriotismo de balcón, se traga el teatrillo. Se traga los debates impostados, las peleas ensayadas y los pactos de alcoba. Se lo traga todo: la mentira, la corrupción, la impunidad. Porque nos hemos acostumbrado a que nos meen en la cara y nos digan que llueve. Porque preferimos un escándalo nuevo cada semana que asumir la verdad incómoda: este país está secuestrado por bandas políticas y nadie piensa liberarlo.
No es una crisis. Es un sistema. Una maquinaria montada para expoliar. Funcionarios colocados por carnet, obras públicas infladas para repartir mordidas, contratos adjudicados entre amigos de colegio mayor, subvenciones que desaparecen como por arte de magia. Y cuando por fin pillan a uno —con pruebas, con papeles, con grabaciones— da igual: prescripción, indulto, aforamiento, o como mucho, una cárcel con menú vegano y gimnasio.
La justicia es una broma. Un decorado de cartón piedra. Jueces nombrados por políticos juzgando a los políticos que los nombraron. ¿Qué puede salir mal? Mientras tanto, el ciudadano se come la burocracia, la lentitud, la humillación. Y paga. Porque para eso estamos: para pagar. Impuestos de país nórdico, servicios de país bananero. Educación ideologizada, sanidad colapsada, pensiones que agonizan, alquileres imposibles, sueldos de miseria. Pero eso sí: ministros con chófer, asesores con master falso y diputados que no pisan el metro desde que su madre los llevó a ver Cortylandia.
Nos mean desde la tribuna y luego nos dan lecciones de ética. Nos recortan derechos mientras se suben el sueldo. Nos insultan llamándonos “fascistas”, “rojos”, “machistas”, “progres de mierda”, lo que toque. Todo para dividirnos. Todo para que sigamos peleando en la calle mientras ellos se reparten el pastel en moqueta.
España no está gobernada. Está explotada. Como una finca en manos de caciques. Aquí ya no queda decencia, solo sumisión. Nos hemos convertido en un rebaño domesticado que vota cada cuatro años y calla los otros 1.460 días. Porque nos han educado para obedecer, para aguantar, para no molestar. Y así nos va.
¿Solución? Ninguna dentro del sistema. Porque el sistema no está roto: el sistema es la corrupción. Está diseñado para eso. Y quien lo cuestiona, muere civilmente. ¿Quieres limpiar el Congreso? No basta con elecciones. Hace falta dinamita moral. Y de esa no queda.
Así que sigamos: unos aplaudiendo, otros insultando por Twitter, otros poniéndose la camiseta del Che y otros envolviéndose en la bandera. Mientras ellos, todos ellos, siguen a lo suyo: saquear, mentir, manipular, robar.
España no es un país. Es un cortijo en manos de una banda.
Y lo peor: ya ni nos indigna.