USC Medicina, suelta el bisturí. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Vamos a hablar claro, como se debe. Aquí no hay una discusión académica, ni un debate sanitario, ni una mesa de expertos preocupados por el futuro de Galicia. Lo que hay es una guerra de poder, un reparto de cromos universitarios y una pataleta institucional de proporciones compostelanas. Porque sí, amigos: A Coruña ha dicho que quiere su Facultad de Medicina, y en Santiago se han puesto a hiperventilar como si les estuviesen arrancando una reliquia de la Catedral.

La Universidade da Coruña ha presentado la solicitud para montar Medicina en casa. Y lo ha hecho con argumentos, ojo: tenemos hospitales, tenemos profesorado, tenemos demanda, tenemos el INIBIC y el CHUAC —que ya forman médicos, aunque lo nieguen con la boca pequeña—. Lo que no teníamos, hasta ahora, era permiso. Y como no lo daban, se ha pedido por la puerta grande. Por fin.

Y entonces, saltan los de siempre. La Universidade de Santiago, esa reliquia del centralismo ilustrado, se echa las manos a la cabeza como una marquesa desmayada: “¡Pero qué escándalo, qué ultraje, qué deslealtad!”. ¿Deslealtad a qué? ¿A un pacto de 2015 que solo han cumplido cuando les ha venido en gana? ¿A una descentralización de chiste, donde llevan diez años mareando la perdiz para soltar las prácticas clínicas a cuentagotas? Por favor. No insulten la inteligencia.

Y ahí entra Vigo, con Abel Caballero en modo campaña perpetua, sacando pecho y diciendo que “somos la única gran ciudad sin Medicina”. Claro que sí, alcalde. Encienda las luces de Navidad y pida también la NASA, ya puestos. Pero razón no le falta. Vigo tiene un hospital como el Álvaro Cunqueiro y lleva años pidiendo una facultad. ¿Y qué le han dado? Migajas. Un 6º curso con olor a limosna.

En Santiago, mientras tanto, tiemblan. No por la sanidad, no por el alumnado, no por Galicia. Tiembla el negocio, la centralidad, el monopolio histórico. Porque perder la exclusividad de Medicina sería perder poder, prestigio, y un buen puñado de plazas que garantizan el cotarro bien controlado. Y eso, en ciertos despachos, no se perdona.

La Xunta, como siempre, en su papel favorito: la estatua de sal. Ni dice que sí, ni que no, ni que espera. Solo se mueve cuando el fuego les llega a los tobillos, y entonces emiten comunicados blanditos que no dicen nada. No sea que se enfade alguien en Compostela. O en Coruña. O en Vigo. O en el Parlamento, o en la prensa, o en el convento de los que se creen el ombligo de Galicia.

¿Y los estudiantes? Bien, gracias. Mirando desde la grada, cómo se tiran los trastos los rectores, los políticos y los alcaldes. Ellos solo quieren estudiar medicina, en su ciudad, con garantías. Pero eso importa poco. Aquí lo que se discute no es cómo formar más médicos para un sistema colapsado. Aquí se discute quién se cuelga la medalla, quién pone la placa en la puerta y quién corta la cinta en la inauguración.

Santiago no quiere compartir. Se creen Roma y tratan al resto como provincias bárbaras. Pero ya no cuela. Ya no estamos en el siglo XVIII. Vigo y Coruña tienen músculo, gente, estructura y ganas. Y ya no están dispuestas a pedir perdón por existir.

Así que dejen de lloriquear por los pasillos del poder, dejen de proteger acuerdos momificados y de impedir que Galicia avance. Medicina no es un privilegio que se hereda, es una necesidad que se expande. Y quien no lo entienda, que se quite la toga y se vaya a casa. No hacen falta más guardianes del trono. Hacen falta médicos. Y cojones para tomar decisiones.

Porque Galicia no se cura con centralismo. Se cura con bisturí, con audacia… y con menos Santiago en los cojones.

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