@jsuarez02111977
¿Queréis saber la verdad? Yo estudié la EGB. Sí, esa cosa jurásica para los de la LOGSE en adelante. Fui un estudiante mediocre, nivel medio-bajo, del montón. El tipo de alumno que no destacaba ni por arriba ni por abajo. Sacaba notas normalitas, hacía lo justo para ir tirando y punto. No por falta de neuronas, sino porque me importaban más otras cosas. Vivir, por ejemplo. O entender por qué cojones tenía que memorizar algo que no servía para absolutamente nada.
Después me fui a Formación Profesional, porque en mi casa se decía lo que en muchas: “hay que estudiar una profesión”. Un oficio. Algo útil. Nada de pamplinas. Y luego, más tarde, con más años y más cabezonería que otra cosa, me metí en Ingeniería Informática. Me costó, no os lo voy a negar. Porque, como ya os dije, no era un buen estudiante. Pero le puse huevos, porque aquello sí me interesaba. Porque ya no estudiaba por obligación, sino por convicción.
Y cuando empecé a trabajar, lo vi claro: todo ese sistema educativo había sido una pérdida de tiempo.
Trabajé durante catorce años en una de las empresas más grandes de Galicia y de España. Una de verdad, no una de PowerPoints. Y allí me di cuenta de que jamás en mi vida necesité saberme los versos de Quevedo, ni los afluentes del Ebro, ni la jodida tabla periódica. Nunca. Ni una puta vez. Lo que sí me hizo falta fue saber resolver problemas reales, pensar con lógica, trabajar en equipo, tomar decisiones bajo presión, comunicar bien. Todo eso que en la escuela ni se enseña ni se valora.
Y ahora tengo un hijo. Y lo veo estudiar. Y me da vergüenza ajena. Porque están exactamente igual que hace treinta años. Cambiaron los libros por tablets, pero el contenido sigue siendo el mismo. Siguen obligando a memorizar basura inútil, datos que se evaporan a los diez minutos del examen. A eso le llaman “formación”. No me jodáis.
Vivimos en un mundo donde todo está a un clic. Tienes toda la historia del arte, de la ciencia, de la humanidad en el bolsillo. Tienes inteligencia artificial, Internet, buscadores, asistentes, tecnología que te lo pone todo delante. Y aun así, siguen obligando a los niños a tragar contenido como pavos en Nochebuena. Sin digerir, sin comprender, sin criterio.
¿Para qué coño quiero yo que un niño sepa de memoria la Revolución Industrial si no es capaz de explicarte qué pasa cuando pierde el trabajo su padre? ¿Para qué quiero que recite las rimas de Bécquer si no sabe escribir un maldito correo profesional? ¿Para qué sirven las raíces cuadradas si no sabe gestionar un conflicto o colaborar con otra persona sin liarla?
Lo diré claro: el 80 % de lo que aprenden en la escuela no vale para una mierda.
Y lo digo desde la experiencia. Porque yo estudié todo eso. Porque yo aprobé todo eso. Y no me sirvió de nada. Jamás he usado una derivada en mi trabajo, ni una integral, y eso que soy ingeniero. Ni la literatura me ayudó a resolver un problema técnico, ni la química me valió para diseñar software, ni saber cuándo murió Goya me hizo mejor profesional. Lo que sí me salvó fue aprender a pensar. A dudar. A preguntar. A buscar. A saber cuándo algo tiene sentido y cuándo te están vendiendo humo.
Pero eso no lo enseñan.
No enseñan a pensar. Enseñan a obedecer. A repetir. A tragar. A competir. A callar. A levantar la mano para pedir permiso hasta para respirar. No enseñan a trabajar en equipo, a convivir con perfiles distintos, a tomar decisiones, a equivocarse y levantarse. No enseñan a defender una idea. No enseñan a detectar una mentira. No enseñan a distinguir entre información y manipulación. Y eso, en 2025, es un crimen.
Yo no era brillante en clase. Pero aprendí a pensar. Y eso me llevó a donde estoy. A fundar mi propia empresa, a subirme a escenarios, a hablar delante de miles de personas, a currar con los mejores, a resolver cosas que no estaban en ningún libro de texto. Porque lo que aprendí no fue a estudiar. Fue a entender.
Así que no, no me vengáis con el rollo de “es que los niños tienen que tener cultura general”. Que la busquen cuando la necesiten. Que la lean si les interesa. Que el conocimiento no es un trastero que hay que llenar, es una herramienta que hay que saber usar.
A mi hijo no le pido sobresalientes. Le pido cabeza. Le pido que sepa adaptarse, pensar, buscar, preguntar, escuchar y trabajar. Le pido que no repita lo que no entiende. Que no estudie para complacer, sino para comprender. Que no se trague el sistema sin masticarlo. Que sepa cuándo algo le sirve y cuándo es una pérdida de tiempo.
Porque si eso no es educación, entonces lo que tenemos es otra cosa: una fábrica de obedientes.
Y para eso, conmigo que no cuenten.