El Congreso de los Diputados se transformó este miércoles en el escenario de un auténtico combate dialéctico de alto voltaje, donde el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decidió que la mejor defensa es un buen ataque… y un manual de historia. No contento con esquivar los golpes, Sánchez contraatacó con una artillería pesada: los casos de presunta corrupción del Partido Popular. Para deleite de algunos y exasperación de otros, definió al PP como «una enciclopedia de corrupción con capítulos autonómicos«. La bancada popular, en un arrebato de decoro democrático, respondió con un apasionado coro de «¡Dimisión!». Una sintonía, por cierto, que ya suena a himno no oficial de la oposición.
Mientras tanto, en el rincón opuesto, el «jefe de la oposición», Alberto Núñez Feijóo, se dedicaba a un arte más sutil: el de la interpelación amistosa, casi un coqueteo parlamentario. ¿Su objetivo? Seducir a los socios del PSOE para una posible moción de censura. Con la solemnidad de quien revela un secreto de Estado, Feijóo advirtió: «Ábalos fue el principio, pero Cerdán no será el final». ¡Pobres socios, ahora tienen que elegir entre la trama y el drama!
La presidenta de la Cámara Baja, Francina Armengol, se vio en la dulce tesitura de tener que intervenir un par de veces, como una directora de orquesta intentando que los músicos no se lancen los instrumentos. Llegó incluso a apelar a Feijóo «a que ponga orden en su grupo» tras los ensordecedores gritos de «dimisión» porque, según ella, «esto no es posible en democracia». Claro, la democracia es para debatir, no para hacer un karaoke espontáneo. En respuesta, la bancada del PSOE, cual coro gregoriano, se puso en pie y aplaudió a su secretario general con la devoción de quien ha encontrado el camino.
Feijóo, con un aire de Nostradamus político, arrancó el careo a Sánchez advirtiéndole de que está «profundamente atrapado en una trama de corrupción» con sus dos «colaboradores más estrechos». Y, para que no queden dudas, le espetó: «por mucho que se maquille», él no es «la víctima» porque «le advirtieron hace meses que Cerdán era un corrupto» y es «el líder de una manada corrupta». Después, con una metáfora que haría sonrojar a Esopo, concluyó: «Ahórrese los numeritos de cordero degollado, porque usted, continuando con el símil, es el lobo que ha liderado una manada corrupta todos estos años». Y, por si fuera poco, remató con la pregunta que todos los españoles esperaban: «¿La única carta que esperan los españoles es la carta de división. ¿Piensa redactarla?».
Sánchez, ni corto ni perezoso, subió el diapasón, quizás hasta el límite de la tolerancia al ruido. Tras remarcar que no convocará elecciones (para desilusión de muchos tertulianos), advirtió a Feijóo de que «el único adelanto que va a haber es la más que lógica sentencia de muchos casos de corrupción a la vuelta de verano que afectan al Partido Popular». Un calendario judicial que, al parecer, ya tiene programadas sus vacaciones. El presidente del Gobierno centró su defensa en cargar contra los casos judicializados del PP y se limitó a afirmar que el caso de Cerdán «ha sido doloroso» (pobre Cerdán), pero que su partido ha actuado con contundencia, a diferencia de esos que «hacen enciclopedias».
Y en un momento cumbre de la sesión, Sánchez tuvo un «lapsus linguae» de oro, afirmando que en el PSOE «la tolerancia contra la corrupción es absoluta». ¡Imaginen las risas contenidas! Rápidamente se recuperó, como si un corrector de estilo invisible le hubiera dado un codazo, y acusó a Feijóo de expulsar de su partido a «aquellos que denuncian la corrupción». Una velada alusión a Pablo Casado, su predecesor, y a esa historia de comisiones millonarias con el hermano de Ayuso, que la Justicia, muy suya, no vio nada de particular.
«Hemos actuado y le digo una cosa, por mucho que ustedes se empeñen, por mucho fango que metan, desde luego esto no va a opacar el extraordinario momento económico y laboral, social y de convivencia que atraviesa nuestro país», culminó Sánchez, mientras la bancada del PP, cual termómetro de decibelios, empezó a explotar.
Moción de censura: ¿El gran espectáculo que nunca llega?
Con el ambiente ya caldeado, Feijóo introdujo el tema de la moción de censura, esa que Sánchez le había retado a presentar unos días antes. El líder del PP, con la honestidad de un jugador de póker que no tiene la mano, reconoció que no le «faltan ganas», pero sí «cuatro votos». Y ahí es donde entra la seducción: interpeló a los socios de Sánchez porque, «si aparecen» esos votos, no dudará «ni un instante». «Y quién sabe si aparecerán… ¿Sabe por qué? Porque Ábalos fue el principio, pero Cerdán no será el final», dijo, lanzando una profecía que haría temblar a cualquier guionista de Netflix. Luego, sin pudor, señaló directamente a PNV, Junts, ERC y BNG: «Ahora sus socios tienen que elegir si quieren seguir en la trama de corrupción». ¡Qué encrucijada moral!
Sánchez, con el sarcasmo que solo dan los años en el poder, se mofó de que Feijóo, igual «que no es presidente del gobierno, no porque no pueda, sino porque no quiere», no vaya a presentar una moción de censura «porque otros no quieren». Y, siguiendo su estrategia, continuó con su «tour de force» por los casos de corrupción del PP, llegando a incluir a los presidentes autonómicos Juanma Moreno, Carlos Mazón, Alfonso Fernández Mañueco y Alfonso Rueda.
«El Partido Popular es una enciclopedia de corrupción con capítulos autonómicos. Si quieren usted dar lecciones, señores del Partido Popular, tiene mucho por delante», concluyó el presidente del Gobierno. Con esta perla final, desató la enésima ola de gritos de «dimisión» de la bancada popular, en una de las sesiones de control con mayor bronca de los últimos años. Un día más en la política española, donde la comedia y la tragedia se dan la mano… y la cartera.