El regreso de las sombras. Por Miguel Abreu

Cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad. Estamos asistiendo al derrumbe lento, pero ya visible, de un mundo que creíamos sólido. No se trata solo de una crisis política o económica. Es algo más profundo: una erosión moral. Es como si los cimientos civilizacionales que nos fueron legados, con sangre y dolor, estuvieran siendo corroídos por una indiferencia epidémica. La historia se repite, no como tragedia ni como farsa, sino como ceguera elegida. Los valores fundamentales están desapareciendo, no porque se quiera destruirlos, sino porque hemos dejado de enseñarlos, de vivirlos, de nombrarlos. Ya casi nadie sabe lo que significa dignidad, honor o responsabilidad. Las palabras están gastadas. Y la libertad, que tanto costó conquistar, hoy se confunde con el derecho a decirlo todo, hacerlo todo, ignorarlo todo. Es libertinaje disfrazado de emancipación. ¿Y la verdad? La verdad ha perdido utilidad, porque ha dejado de ser rentable.

El arte de mirar hacia otro lado. Vivimos en una época en la que ya no existe la vergüenza. No hay vergüenza en mentir, en explotar, en matar, sea con armas, con leyes o con silencios. Y todo, retransmitido en directo al mundo entero. Hay líderes que se aferran al poder con la misma furia con la que los depredadores aferran a su presa. Lo que importa es vencer, no servir. Se bombardean hospitales. Las escuelas se vacían de sentido. Y los que no mueren, huyen. Cruzan desiertos, atraviesan mares, venden su cuerpo, pierden su alma. Hoy estamos alimentando el rencor de mañana. Las guerras del futuro ya han comenzado en el corazón de los huérfanos de hoy. Y nosotros, los que aún tenemos casa, comida y sosiego, miramos hacia otro lado. Cambiamos de canal. Preferimos no ver, para no sufrir. Como si la ignorancia anestesiara. Como si la felicidad pudiera venir en un frasco de antidepresivos. Vamos coleccionando «likes», mientras la humanidad colecciona muertos en vida.

La lucidez duele, pero salva. No se trata de ser pesimista. Se trata de ser honesto. La alegría está desapareciendo porque hemos dejado de tener motivos que la sustenten. La vida ha perdido espesor, ha perdido sabor. Ya no se vive con sentido, se vive con prisa. Ya no se educa, se entretiene. Ya no se ama, se consume al otro. Pero es precisamente ahora cuando el pensamiento se vuelve urgente. Es ahora cuando quienes aún resisten al adormecimiento de la conciencia deben hablar y actuar. La lucidez duele, pero salva. Y quien todavía siente, debe hablar. Debe gritar que el poder solo vale la pena cuando genera vida. Que ser persona es mucho más que tener un cuerpo que respira. Que la carne está hecha de sentimientos, de memoria, de compasión. Necesitamos más filósofos de calle, más poetas de la verdad, más gente viva. Y menos figurantes de su propia existencia.

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