El eco del púlpito obispal en Moncloa: ¿Una señal del cielo o de la tierra?

La noticia corrió como pólvora, más rápida que el incienso en misa mayor: los obispos pedían elecciones anticipadas a Sánchez. La frase resonó con la contundencia de una campana de bronce: «La corrupción es la puerta de entrada al autoritarismo». Y en cada sacristía, en cada catequesis, en cada sobremesa de domingo, el comentario se multiplicó, dejando a muchos, con el ceño fruncido y a otros, con una sonrisa de victoria contenida.

Don Genaro, que llevaba más de sesenta años escuchando sermones desde el mismo banco de madera, sintió un escalofrío. Él, que había vivido la España en blanco y negro de los privilegios bajo Palio y las homilías con sabor a Boletín Oficial del Estado, y corrupción a gran escala, creía que esos tiempos estaban ya enterrados, cubiertos por el hormigón de la Transición. Pero ahí estaban, de nuevo, los pastores alzando la voz no solo para recordar los Diez Mandamientos, sino para dictar los plazos electorales.

«¿Será que el cielo está preocupado por la Moncloa?», murmuró a su esposa, D. Genaro, que asentía con la cabeza mientras pelaba patatas. Siempre había creído que la fe era un asunto del alma, un refugio para los desamparados, no un caladero de votos para una u otra sigla. Recordó con una punzada el eco de la voz de Rafael Louzán en el púlpito de Bamio, Villagarcía, allá por el 2015, prometiendo el arreglo del cementerio en plena campaña. Entonces ya le chirrió, pero esto… esto de los obispos, es a gran escala.

La frase episcopal, «La corrupción es la puerta de entrada al autoritarismo», se le antojaba irónica a D. Genaro, obispos, clero secular, no regular, manejaban la fe bajo la bota del franquismo más ultra, permitiendo que quien segaba vidas entrase bajo Palio en las catedrales, privilegio reservado al Señor. La petición de los obispos me recordaron los ecos de tiempos donde ciertas cúpulas eclesiásticas no eran precisamente ajenas a la cercanía con el totalitarismo y la corrupción. «Ay, si el autoritarismo hablara», pensó don Genaro, «seguro que tendría acento castizo y llevaría sotana de seda».

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