Tatuajes. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Ayer hablé con un colega. Un buen colega. Me contó sus tatuajes, cuántos tiene, lo que significan. Y mientras le escuchaba, me di cuenta de algo que nunca había pensado: que si alguna vez me tatúo, quiero ser yo mismo el tatuador. Quiero mirarme como si mi cuerpo fuera un lienzo en blanco, tenso, vivo, esperando cada trazo. Porque la piel, cuando no tiene tinta, es como un silencio. Y yo, que siempre he llenado mis silencios de palabras, me pregunto qué historia dibujaría sobre mí mismo si tuviera la máquina en la mano. Imagino mis brazos extendidos sobre la camilla. Imagino mis propios dedos sosteniendo la máquina de tatuar.

El zumbido del motor es como un mosquito furioso, revoloteando en el aire. Y me veo acercar la aguja a mi piel, sabiendo que voy a herirme. Que voy a escribirme. Que voy a dejar una marca que no podré borrar. Me gustaría tatuarme un tribal. No sé bien por qué. Tal vez porque el tribal es primitivo, salvaje, porque habla de la manada, del instinto, de la lucha. O me tatuaría la medusa de Mar de Fondo, ese corazón con tentáculos que se agarra al brazo como si me sujetara para que no me pierda. Porque mi grupo, mi música, es también mi refugio. Y tatuarme ese símbolo sería como clavar en mi cuerpo una bandera que diga: “Aquí es donde pertenezco.” Si fuera yo el tatuador de mi propia piel, tendría que hacerme preguntas que dan miedo. ¿Qué quiero recordar? ¿Qué quiero tapar? ¿Qué quiero gritar sin decir una palabra? Porque cada línea que trace sobre mi carne estaría diciendo algo. Y aunque nadie lo leyera, yo sabría que está ahí.

Un tatuador no dibuja sobre piel. Dibuja sobre historias. Sobre traumas, sobre amores, sobre pérdidas. Sobre deseos que se esconden donde nadie mira. La piel no es solo epidermis: es diario, es confesionario, es escenario de batallas. Si me tatuara a mí mismo, tendría que decidir en qué parte del cuerpo dejar el tatuaje. No es lo mismo tatuarte el brazo, visible para todos, que tatuarte el pecho, donde solo unos pocos pueden mirar. No es lo mismo tatuarte la espalda, como un secreto que das la espalda al mundo, que tatuarte las muñecas, donde late la vida y también la muerte. Y mientras ayer hablaba con mi colega, entendí que tatuarse no es solo decorar el cuerpo. Es esculpirlo. Es convertirlo en un mapa donde, si alguien supiera leer, podría encontrarme. Podría saber quién fui, quién soy, quién quiero ser. Pero también me asusta. Porque tatuarse es clavarse en un instante. Es fijarse a un recuerdo. Y yo, aunque me haga el valiente, tengo miedo de quedar atado a algo que mañana ya no me defina. Así que, por ahora, sigo siendo el tatuador que observa el lienzo.

Sigo mirándome los brazos, todavía en blanco, preguntándome qué historia merece ser contada con sangre y tinta. Y sigo sin decidir si me atrevo a escribirla.

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