Marc Anthony y la estafa en el muelle de Batería. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Fue una noche de julio, coruñesa y pegajosa, la del domingo en que doce mil incautos, sudando salsa y con la ilusión intacta, fueron a ver a Marc Anthony al muelle de Batería. Lo que se llevaron, en lugar de un concierto, fue una estafa de campeonato. Una de esas que hacen época. Una monumental tomadura de pelo que todavía retumba en redes sociales, en los bares y en las entrañas de quienes pagaron entradas a precio de oro por ver a un tipo que salió al escenario cuando le vino en gana y, encima, con una cara de “a mí esto me importa un carajo” que todavía me hierve la sangre.

Porque no hablamos de diez minutos de retraso, ni del clásico cuarto de hora de diva. Hablamos de más de una hora larga, con la peña fuera, perdiendo los nervios, gritando “fuera” mientras miraban el reloj y el móvil como quien espera un parte médico. Tanto fue el bochorno que hasta los propios músicos, seguramente muertos de vergüenza, tuvieron que salir al escenario para intentar calmar a las masas, haciendo el paripé de que estaban montando todo para empezar, para ver si la gente se relajaba un poco. Pero cuando el señor Marc Anthony se subió finalmente al escenario para empezar el concierto, ni perdón, ni disculpas, ni absolutamente nada. Como si la gente que se había dejado más de cien euros en una entrada fueran figurantes sin derecho ni a que les miren a la cara.

Y luego, lo que vino, fue un espectáculo digno de estudio. Porque la voz de Marc Anthony brilló por su ausencia. En algunas canciones directamente no pudo cantar. Lo suyo no fueron gallos, fueron avestruces. Problemas graves para alcanzar los tonos, para mantener una frase sin que se le escapara el alma por la boca, para no quedarse sin aire a los diez segundos. Y, permítanme la malicia, pero cualquiera diría que si en ese momento los señores de atestados le mandan soplar, nos llevamos una sorpresa de campeonato. Todo esto, presuntamente, por supuesto. Que hoy en día hay que tener más cuidado que nunca.

Y encima, para rizar el rizo, daba toda la impresión de que el setlist lo iba improvisando sobre la marcha. Miraba a los músicos con cara de “¿qué tocamos ahora, muchachos?”, como quien pide otra ronda en el bar sin saber si va a aguantar de pie. Parecía ir tanteando en directo qué canciones podía cantar y cuáles no, consciente de que su voz no le daba ni para medio concierto decente. Y mientras tanto, el público con cara de póker, tragando silencios eternos, pausas absurdas y un desastre que ni el Titanic.

El público, pobre público, aguantó con una dignidad que me conmueve y me cabrea a partes iguales. Hubo quien gritó, quien abucheó, quien se marchó antes de que el susodicho se dignara a cantar Vivir mi vida como si bastase un “voy a reír, voy a gozar” para que la gente olvidara la hora y pico de retraso, el desastre vocal y el concierto a medio gas. Y, por supuesto, también hubo quien aplaudió. Porque siempre hay fans inasequibles al desaliento, dispuestos a justificar lo injustificable con la fe ciega con que algunos creen que el Euromillón les va a sacar de pobres.

Pero no. Aquí no se puede justificar nada. No se puede disfrazar de “bizarro, pero divertido” lo que fue una estafa monumental. Porque sí, señores: cuando uno paga una entrada para un concierto, compra puntualidad, profesionalidad y, sobre todo, respeto. Y Marc Anthony en A Coruña no ofreció nada de eso. Ni el muelle abarrotado, ni el mar de luces de los móviles, ni el aire salado que se colaba entre las gradas pueden maquillar la chapuza mayúscula que perpetró sobre el escenario.

Ahora se habla de denuncias, de reclamaciones, de entradas a cien pavos que la gente quiere recuperar. Pues claro que quieren su dinero de vuelta. Y deberían tenerlo. Porque lo que sucedió el domingo en Coruña no fue un concierto: fue un timo en toda regla. Una falta de respeto monumental a los asistentes, a la ciudad y a la música. Y aunque siempre habrá quien se contente con cuatro acordes y un grito de “¡Coruña, os quiero!”, lo cierto es que aquí, lo que hubo, fue un atraco con micrófono y luces de colores.

Si Marc Anthony no quería cantar, o no estaba en condiciones, lo más honesto habría sido suspender el bolo. Pero subirse a las tablas a medio gas, con la mirada perdida y un setlist improvisado, es reírse del público. Y de la ciudad que te acoge.

Así que, señor Anthony, haga usted el favor de no volver por aquí si no es para cantar de verdad. Porque A Coruña tiene memoria. Y lo suyo, el otro día, no fue música. Fue un fraude. Y de los caros.

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