
Mueren niños. De hambre. No es una metáfora. No es retórica. Es la realidad cruda, violenta, obscena. Mueren lentamente, ante los ojos del mundo entero, con todos nosotros como testigos. Sin comas, sin filtros, sin excusas. Y nadie, nadie, con poder para actuar, alza la voz. Los que se hacen llamar líderes de naciones, esos que hablan de derechos humanos con gesto grave y pose noble, se van de vacaciones y brindan por la paz, mientras al otro lado del Mediterráneo hay niños muriendo de hambre. Ninguno dijo basta. Ninguno se atrevió a llenar aviones con ayuda alimentaria y lanzarla desde el cielo como maná sobre los que hoy agonizan con el estómago vacío. El depredador arrojó unos cuantos paquetes para la foto. Un insulto. Una burla. Un gesto cínico y calculado para alimentar el marketing de las buenas intenciones, mientras el suelo se cubre de escombros y cadáveres.
Israel ha perdido toda la razón. Ningún país tiene derecho a matar indiscriminadamente y esconderse tras la palabra “defensa”. Lo que ocurre en Gaza no es una guerra. Es un exterminio. Un asedio medieval en pleno siglo XXI. El hambre como arma. El silencio comprado. La destrucción metódica de un pueblo, mientras los demás miran. En silencio. En connivencia. En cobardía. Pero lo más monstruoso no son las bombas. Es la indiferencia. El mundo ve y calla. Europa observa y relativiza. Estados Unidos sostiene y justifica. Naciones Unidas balbucea y se duerme. Y todos nosotros, cómplices por omisión, hemos aprendido a pasar de largo por las imágenes sin sentir nada. Nada de nada. Nos hemos vuelto expertos en desviar la mirada. En humanizar al agresor y deshumanizar a los inocentes. En decir que “es complicado”, que “hay razones por ambas partes”, como si eso justificase un solo cuerpo de un(a) niño(a), sin vida, entre los escombros.
La historia juzgará al agresor. Pero también a los cómplices. Porque el criminal no es solo quien aprieta el gatillo. Es quien firma los acuerdos, quien financia, quien permite, quien calla. Gaza es hoy el espejo de nuestra decadencia como civilización. Un lugar donde la muerte vence a cada instante. Vivimos un tiempo de infelicidad, gobernados por gente sin alma ni competencia, sin ética ni coraje. Gente que gobierna para sí misma, para los suyos, para sus socios. Gente que ve en la guerra una oportunidad y en la muerte un simple detalle. Gente que sueña con construir una Riviera sobre cadáveres. Sobre cuerpos de niños asesinados. Como si la arena pudiera borrar la sangre. Como si la memoria pudiera cementarse con silencio. Cada niño asesinado en Gaza es una herida en nuestra conciencia. Un grito que nos atraviesa el pecho, aunque intentemos no oírlo. Una señal del fin o, quizás, la última oportunidad de volver a ser humanos.