Aquellos cines que fuimos. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Nací en 1942, en la calle San Andrés, cuando la ciudad olía a carbón, a puerto y a domingo con misa y cine. He vivido lo suficiente como para ver apagar todas las luces que encendían la infancia y la juventud de una ciudad que fue cine mucho antes que centro comercial. No me llamo nada especial. Podría ser cualquiera. Soy uno más de esos coruñeses que, al pasar por ciertas esquinas, no vemos lo que hay, sino lo que hubo: una marquesina, una taquilla, un murmullo en la sala.

Este artículo no es nostalgia. Es inventario. Porque lo que no se nombra, se pierde. Y A Coruña fue, durante medio siglo, una ciudad llena de cines de barrio. Cada uno con su carácter. Cada uno con su público. Cada uno con su historia.

Cine París
En la Calle Real. El decano. Lo conocí cuando aún tenía madera en el suelo y olor a serrín. Era como entrar en un teatro viejo, con ese silencio expectante que no se ha vuelto a repetir en ninguna multisala. Allí vi Lo que el viento se llevó y también lloré con Los paraguas de Cherburgo. Fue el último en caer, en 1999, y todavía paso por delante y espero que alguien abra la puerta.

Cine Savoy
También en la Calle Real, más discreto, pero con una fachada art déco que te hacía levantar la vista. El Savoy era para los más finos. Mi madre se ponía las medias buenas para ir. Allí llevé a mi novia a ver Vacaciones en Roma y me tembló el pulso durante toda la película. Cerró en los sesenta, y con él se fue una época de elegancia de otro siglo.

Cinema Cuatro Caminos
Quedaba justo en la zona donde ahora solo hay tráfico. En General Sanjurjo. Tenía una entrada monumental, con un arco de medio punto que parecía una catedral del celuloide. Vi allí Cantando bajo la lluvia. En blanco y negro, sí. El color vino después. Lo tiraron abajo en los 40, como quien se quita una piedra del zapatoCine Finisterre
Estaba en la Avenida de Finisterre, por la zona de Tornos. Tenía alma de barrio obrero. Las películas llegaban tarde, pero la gente aplaudía igual. Allí se mezclaban los marineros del Agra con los chavales que venían de la Gaiteira. Me acuerdo de haber visto Los diez mandamientos, con intermedio incluido, mientras se repartían caramelos de café con lechCine Goya
En Cordelería, en el Orzán, donde ahora hay apartamentos. Era el cine de los raros, de los modernos. Allí descubrí a Truffaut y a Fellini, y salí sin entender nada, pero queriendo más. Las butacas chirriaban y el proyector a veces fallaba, pero el Goya era libertad. Cerró en el 96, cuando ya no quedaban muchos dispuestos a pensar en la sala oscuraCine Ciudad
Estaba en la Ciudad Vieja, cerca de Azcárraga. Era pequeño y acogedor. Un cine de parroquia, de los que ya no existen. Allí vi Rebelde sin causa y por un tiempo quise ser James Dean. En los 70 cerró, y con él se fue el cine en ese rincón de piedra y silencio.

Cine Monelos
En la calle Caballeros. Otro cine de barrio, sin pretensiones. Las madres te mandaban con una bolsa de pipas y se olvidaban de ti durante dos horas. A veces la película era mala, pero nadie se quejaba. Teníamos cine, y eso bastaba.

Cine Hércules
Muy cerca de la Torre, en San José. El único que tenía vistas al mar al salir. Era viejo, tosco, pero cumplía. Allí vi Ben-Hur y no dormí en dos noches. Cerró en el 73, y nadie puso una placa.

Cine Coruña
En la calle Galera, número 32. Era elegante, con un aire casi madrileño. Los acomodadores llevaban chaqueta, y había terciopelo en las paredes. Si ibas allí, ibas a ver cine de verdad. Me acuerdo de haber visto Doctor Zhivago en versión original, y salir hablando como si entendiera ruso.

Cine Rex (antes Cine Santa Margarita)
En la subida de Padre Sarmiento. Tenía una de las escaleras más empinadas que recuerdo. La pantalla era enorme. Allí se proyectaban películas de vaqueros que hacían que los chavales del barrio soñaran con caballos en Monte Alto.

Cine Avenida
En el Cantón. Un cine señorial, casi un palacio. Ir al Avenida era como ir al Colón, pero con película en vez de ópera. Allí vi La guerra de las galaxias, y aplaudimos cuando aparecieron las letras flotando. Hace poco lo rehabilitaron, pero ya no proyecta sueños. Solo oficinas.

Cine Valle-Inclán
En Comandante Barja. Fue de los últimos. Un cine moderno, con buena acústica. Allí llevé a mi nieto a ver El Rey León. Fue la primera vez que vi llorar a un niño con una muerte de mentira. Cerró en el 2000. Fue el final oficial de los cines de barrio.

Cine Riazor
En Rubine. Grande como una catedral, con tres pisos y eco en el techo. Fue incendiado y demolido, como si alguien quisiera borrar los recuerdos a martillazos. Allí vi Tiburón, y no volví a meterme en Riazor en todo el verano.

Cine Alfonso Molina
En Ángel Senra, en los Mallos. Lo recuerdo como sala de fiestas reconvertida. Allí pusieron Flashdance y Grease. Las chicas iban con calentadores y los chicos con brillantina. Un poco de todo. Un poco de nada. Pero era nuestro.

Cine Chaplin
En la Ronda de Outeiro. Una multisala sin pretensiones, pero aún de barrio. Aguantó hasta bien entrados los 2000. Vi allí Titanic, con adolescentes llorando y teléfonos sonando. Ya no era lo mismo.

Cine Tom y Jerry
En San Andrés, al lado de casa. Solo duró diez años, pero los chavales lo recuerdan como el cine más suyo. Su primer beso, su primera escapada. Allí se proyectaba el fin del siglo XX en tiempo real.

Cine Equitativa
En la Plaza de Vigo. Fue el último bastión antes del apocalipsis de los centros comerciales. Lo demolieron para hacer el Registro Civil. Cosas de la burocracia: cambiar películas por expedientes.

Hoy todos esos cines están muertos. Los edificios siguen —algunos—, pero ya no vibran. Ya no huele a bobina quemada. Ya no hay aplauso al final. Pero si te paras un segundo, si cierras los ojos frente a la antigua fachada del París o del Riazor, aún puedes oír algo.

La voz de un acomodador diciendo “fila cinco, asiento ocho”.
El click del proyector arrancando.
La ciudad respirando, a oscuras, por un rato.

No soy nostálgico, soy memorioso.
Y si algún chaval me pregunta cómo era el cine en Coruña, no le hablaré de pantallas ni de Dolby.
Le diré que el cine era un portal.
Y que Coruña estaba llena de portales.
Uno en cada barrio.
Uno en cada historia.
Uno en cada corazón.

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