El escándalo que provoca la obra de Céline no ha disminuido a pesar de los años que han transcurrido desde su muerte. Céline no ha dejado nunca indiferente, y sigue sin hacerlo.
La mayoría de sus admiradores se enfrentan a la ambivalencia que sienten entre la belleza de sus textos y la indignación ante determinadas páginas, incalificables para un autor de su talla.
Tal como explica Henri Godard en el prólogo de Céline escándalo, que hoy sale a la venta, «desearía situarme en la posición de aquel lector a quien se le pregunta qué valor atribuye a una obra (él personalmente, su reacción como lector, al margen de todo lo que haya podido leer o escuchar sobre ella), qué lugar ocuparía en su biblioteca ideal y qué posibles problemas de conciencia le plantea. No se trata de considerar la obra en uno u otro aspecto o en determinadas partes, sino en bloque, como un todo, y saber qué opinión se tiene de ella, a través de ese nombre, Céline, que ya sólo la designará a ella y no al hombre a quien designaba mientras él vivía».
Este libro nació de la irritación, la de escuchar constantemente cómo se repite el mismo discurso sobre Céline. Más de treinta años después de su muerte seguimos sin salir del bucle que, en cuanto se pronuncia su nombre, remite de «gran escritor» (cuando no «gran estilista») a «antisemita», y de «antisemita» de nuevo a «gran escritor». Lo malo es que la contraposición de estos términos fascina tanto que nadie se plantea siquiera preguntarse por el significado de cada uno de ellos: ¿en qué, exactamente, hasta qué punto Céline es un gran escritor? (Y previamente: ¿ha existido alguna vez un gran estilo que fuese sólo estilo?) ¿En qué consiste, exactamente, esa «pequeña música» que tan a menudo se menciona para zanjar el asunto? ¿Qué pasa, en realidad, vistas las interpretaciones que a veces proponen algunos, con ese antisemitismo que la mayoría sólo conoce de oídas, ya que no han podido leer los textos? De entrada, habría que intentar precisar de qué estamos hablando. Una vez definamos los términos, quizá el problema no se plantee de la misma manera. Ya que de esto se trata: de salir de este bucle y, si es posible, provechosamente. El discurso habitual sobre Céline contribuye a la confusión. Exponer como una contradicción en los términos la dualidad sobre la que este discurso gira una y otra vez y quedarse ahí implica que estos sean del mismo orden, empaña la existencia de la literatura como tal, enturbia el sentido de nuestros valores. Cabría esperar que el caso límite, irritante, doloroso de Céline, en lugar de bloquear la reflexión, nos ayudara, por el contrario, a clarificar nuestra concepción de la literatura y de nuestra relación con ella en este fin de siglo. Céline tiene mucho que enseñarnos sobre la noción proustiana del yo creador y sobre la relación, siempre tan difícil de discernir, entre el arte y la moral, y por otro lado, sobre ciertos aspectos del racismo y del antisemitismo.
Desde hace veinte años le he dedicado buena parte de mi trabajo, en forma de ediciones y de crítica literaria. Una forma de manifestar la íntima convicción en la fuerza de una obra, sobre todo cuando es tan controvertida como esta, es ofrecer textos fiables y anotados, y convertirla en objeto de un profundo análisis. Pero estos estudios son, necesariamente, especializados. Incluso cuando pretenden ofrecer una visión de conjunto, deben, como cualquier trabajo sobre el conocimiento, delimitar constantemente la perspectiva, elegir la problemática y, a veces, centrarse en algunas obras que resulten más significativas para el estudio. También se imponen, para respetar las exigencias del saber, mantenerse en los límites de lo impersonal y, en aras del rigor, utilizar sólo términos metódicamente establecidos que, por ese motivo, no suelen ser de uso general.
Hay un tiempo para cada cosa. Hoy desearía situarme en la posición de aquel lector a quien se le pregunta qué valor atribuye a una obra (él personalmente, su reacción como lector, al margen de todo lo que haya podido leer o escuchar sobre ella), qué lugar ocuparía en su biblioteca ideal y qué posibles problemas de conciencia le plantea. No se trata de considerar la obra en uno u otro aspecto o en determinadas partes, sino en bloque, como un todo, y saber qué opinión se tiene de ella, a través de ese nombre, Céline, que ya sólo la designará a ella y no al hombre a quien designaba mientras él vivía.
Lo haré sin el aparato de términos y categorías del crítico, pero también sin el complemento de las citas del autor con las que normalmente aquel respalda su comentario. Para el crítico, las citas son las pruebas que se siente obligado a aportar sobre cada aspecto. Sin embargo, tienen el inconveniente de mezclar dos textos de distinta naturaleza; cada uno de ellos perjudica la continuidad del otro. En el peor de los casos, el comentario no es más que un fino hilo que conecta fragmentos del texto comentado, cortado y resituado de forma distinta a como el autor quería. En el caso de Céline, la tentación es todavía mayor, ya que la menor cita suele acentuar cualquier página del comentario, e incluso corroborarla. Pero, en este caso, había que renunciar a esta ayuda. Toda reflexión supone también distanciarse del objeto. Espero que esta evoque suficientemente la obra de Céline a aquellos quela han leído y no reduzca el placer del texto a aquellos a quienes incite a leerla.
«Todos aquellos que quieran discutir sobre Céline deberían leer antes este libro. Es un placer desentrañar todos los malentendidos y las preguntas mal planteadas sobre Céline en compañía de un hombre que, sin la menor complacencia por el protagonista, aplica en ello toda su maestría como pedagogo y toda su experiencia en unos textos en los que lleva trabajando más de veinte años».