Moby Dick: la ballena blanca que escupió fuego en Sada

@jsuarez02111977

Había que tener cojones para abrir un bar así en Sada, en 1967. Lo hizo Modesto “Lito” Pose, un emigrante retornado de Suiza que no se conformó con levantar un local más. Transformó el supermercado de su familia en el primer snack-bar moderno de Galicia. Lo llamó Moby Dick, y con ese nombre ya avisaba: aquello no sería un bar de cañas, sería una jodida ballena blanca devorando madrugadas enteras.

Lo plantó en la calle del Río, que desde entonces quedó bautizada por el pueblo entero como “la calle del Moby”. Allí no había copas servidas con cuidado ni arquitecturas pensadas para la foto. Había humo pegado a las vigas, paredes sudadas de cuadros y fotografías, y un rumor constante de música y voces rotas. Era un antro de resistencia donde todo cabía: rock, política, teatro, cine, arte y litros de alcohol.

El Moby fue mucho más que un bar. Fue un hervidero cultural. De allí brotó el Festival San Roque Rock, el Festival de Cine de Sada, la Asociación de Cine Castelao, y hasta el embrión del feirón, el mercado que aún hoy llena de vida la villa cada sábado. En esas mesas bajas se escribió Lenta ráigame, la primera obra del Centro Dramático Galego, y se compuso la canción Anduriña de Juan y Junior. La que Manolo Rivas nombró en un libro y que Siniestro Total hizo inmortal en una canción.

Y estaba la palangana. No un cubata, no un gin tonic, no el vaso de tubo que se queda corto antes de empezar. Una palangana: mezcla imposible, “lleva de todo menos ron”, decían. Dulzona y traicionera, servida en un recipiente metálico con cucharón, rodeada de vasos de plástico. Bebías de ella como si fueras a la guerra, compartiendo babas y futuro resacoso. Ese brebaje se convirtió en el sello del Moby, gasolina barata para incendiar la madrugada y borrar recuerdos a conciencia.

Por ese sótano pasaron más de 150 conciertos gratuitos. Rock sin barreras, sin etiquetas. Allí reventaron amplis bandas como Capitán Morgan, París Joel, Stados Altera2, Los Monchos, EOTEM, Room 51, Los Santos, Descoontrol y muchos más. Era una especie de Woodstock gallego en miniatura, pero sin prados ni flores: con suelos pegajosos de cerveza derramada y la policía husmeando en la puerta.

Y no solo música. Por el Moby se dejó ver medio país: Cristina Almeida, Tierno Galván, Carmen Maura, Antonio Gamero, Adolfo Marsillach, Manquiña, la sadense Ana Turpín, Trueba, Bardem, Colomo, Eva Lloréns, Marco A. de Arce… La lista es interminable. El que quería ser alguien en Galicia pasaba por allí a empaparse de humo, ruido y libertad. Hasta Interviú lo metió entre los lugares más calientes del planeta, compartiendo podio con un local de Sanxenxo. Caliente no por las luces rojas, sino por el fuego que escupía su escenario.

El párroco del pueblo lo llamaba “antro de perversión”. Y tenía razón. El Moby era perverso, desobediente, sucio, jodidamente libre. Era ese lugar donde los jóvenes se daban la primera hostia contra el mundo real, a base de riffs y palanganas, y donde las madrugadas sabían a derrota y victoria al mismo tiempo.

En 2010 se apagó la voz de Lito. Dos años después, en 2012, bajó para siempre la verja del Moby Dick. Y con él se cerró un capítulo brutal de la historia de Sada. Hoy la calle del Río sigue viva, sí, pero ya no es la misma. Falta el rugido de la ballena, falta el humo, falta el olor a madera vieja y vómito reciente, falta el corazón de un lugar que convirtió el exceso en cultura y la suciedad en arte.

El Moby no era un bar. Era una jodida hoguera. Un sitio donde Galicia se permitió ser salvaje y libre sin disculpas. El que no lo vivió, que no lo entienda; el que lo pisó, lleva aún dentro el tatuaje invisible de aquellas noches que no volverán.

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