@jsuarez02111977
No hay merluzas con los ojos de vidrio, ni parchas reluciendo bajo la luz fría, ni jureles en fila india esperando comprador. El mostrador desapareció, las balanzas enmudecieron y el agua con escamas dejó de correr por los sumideros. Hoy ese lugar, en el corazón del Barrio de las Flores, huele a algo más turbio y noble: a amplificador encendido, a cables enredados, a sudor de músicos que ensayan más de lo que tocan en directo, a sueños que hacen ruido y que pocas veces pagan las facturas.
El responsable de este milagro cotidiano se llama Fran. Sí, Fran. No un promotor, ni un empresario, ni un iluminado del marketing cultural. Un tipo del barrio. El hijo de Josefa. Él cogió el testigo cuando su madre colgó el mandil de pescadera y decidió que la pescadería no podía morir convertida en trastero, ni en bar cutre, ni en peluquería de ocasión. La pescadería, pensó, tenía que seguir siendo vida. Y lo fue, pero de otra manera: pasó de alimentar estómagos a alimentar almas.
La transformó en un local de ensayo. Nada de grandezas: un cuarto humilde, techo bajo, y ese olor a local de toda la vida que se mezcla con guitarras, bombos y voces que buscan su sitio. Pero con ilusión. Con una ilusión que desborda cada vez que hablas con Fran, que te recibe siempre con una sonrisa, siempre con ganas de preguntar qué tal va tu grupo, si necesitas un cable, un ampli, un poco más de tiempo para ensayar. Ese tipo de gestos que no salen en las portadas, pero que levantan una escena musical desde los cimientos.
Como la pescadería se le quedó pequeña, Fran abrió el local de la carpintería, justo al lado. Mismo concepto, misma pasión, otro refugio. Dos locales unidos, como dos pulmones que respiran al ritmo de las guitarras y las baterías que allí se aporrean cada semana. En ellos conviven grupos de versiones que sobreviven en los bares y bandas que se empeñan en componer canciones propias que tal vez nadie escuche, pero que son necesarias como el pan o la cerveza de cada día.
Fran es más que un casero. Es el catalizador, el tipo que hace posible que la música de esta ciudad, una ciudad que olvida demasiado rápido a sus músicos, tenga casa. Él pone el espacio, la energía, la ilusión, y nosotros ponemos el ruido. Una ecuación sencilla que, sin embargo, sostiene a decenas de bandas que de otra manera ensayarían en garajes improvisados, trasteros sin luz o pisos donde los vecinos llaman a la policía al segundo acorde.
Cada vez que entro en la vieja pescadería, me imagino a Josefa mirando desde algún lugar y sonriendo. Tal vez orgullosa. Porque en lugar de ver su negocio convertido en escombro, ve cómo allí crece otra cosa igual de necesaria: una familia de músicos que encontramos en esos muros lo que ningún ayuntamiento, ninguna promotora y ningún iluminado cultural nos da: un hogar.
Gracias, Fran. Por la sonrisa, por la paciencia, por las ganas de que todo sea un poco mejor. Y, sobre todo, por recordarnos que la música también se alimenta de humildad, de locales pequeños y de hombres grandes.