La política española parece hoy el número de un titiritero, una cabra sosteniéndose sobre el vértice de una escalera, con las cuatro patas juntas en un ejercicio de equilibro precario que amenaza con venirse abajo en cualquier momento, mientras el ruido de fondo no cesa. Quien subía la escalera era la cabra, porque el macho cabrio o cabrón quedaba de espectador.
Si alguien me hubiera dicho hace unos años que el principal deporte nacional de España iba a ser el «lanzamiento de diputado a la yugular» y el «campeonato de hacerse la víctima», me habría comprado acciones de una fábrica de tranquilizantes. Pero aquí estamos, en un bucle político que ya no es un círculo, es directamente una espiral de las que te dejan mareado como una peonza en el puerto de Vigo.
Tenemos al país desangrándose por problemas que duelen de verdad, la vivienda que parece un producto de lujo solo apto para jeques, la sanidad que hay que ir con antelación de mes y medio para que te miren un uñero, y la educación que va dando bandazos según quien se siente en el ministerio, pero nuestros próceres están a otra cosa. Están a ver quién grita más fuerte, quién monta el golpe de efecto más cinematográfico o quién hace la «performance» más indignada ante las cámaras. Vamos, que si se aplicaran tanto en arreglar un grifo como en filtrar un audio, España sería un parque temático de la eficiencia.
Y luego está el tema del legado. Esa «bota» del dictador que parece que todavía se pasea por los pasillos del Congreso, dándo patadas en el espinazo cada vez que se intenta mirar al futuro. ¡Qué pesadilla, oye! Que parece que no podemos ni elegir el color de las baldosas de una acera sin que alguien saque a colación el año 1936.
Por otro lado, nos dicen desde fuera, lo dicen los que cuentan las perras, que de esto algo saben, que España va como un tiro. Más de veintidós millones de afiliados a la Seguridad Social. Un hito histórico, dice el BOE. Y uno mira a su alrededor y piensa: «Pues no sé quiénes serán esos veintidós milones de trabajadores, porque aquí seguimos todos peleándonos por el mismo trozo de empanada». Pero bueno, dicen que la economía va bien, que crecemos, que el PIB se estira más que un chicle de fresa. Los empresarios, que según la oposición deberían estar llorando por las esquinas con las subidas de sueldos, resulta que están sacando unos beneficios que ni el Tío Gilito en sus mejores tiempos.
¿Os acordáis de los 60.000 millones de todos los españoles que puso M. Rajoy para salvar a los bancos? ¿O de cuando vendió Alberto Núñez Feijóo,(antes fue rescatada con 9.000 millones de nuestros impuestos), Caixa Galicia a Juan Carlos Escotet, (ahora ABANCA), a precio de saldo, casi al peso, como si fuera chatarra en el mercadillo de Amio? Aquello sí que fue gestión, ¿verdad? «Coña marinera», que dicen en mi pueblo. Era un estilo fino, elegante, de esos que te roban la cartera y te dan las gracias por el detalle. Pero claro, ahora la culpa de todo es del «paladín de la decencia» de turno.
En fin, que la política en España es como una tormenta en las Rías Baixas, mucho ruido, muchas olas, mucha niebla y, al final, te quedas calado como un tonto hasta los huesos y sin saber si vas a poder salir a pescar. Tenemos un país que es un motor de Fórmula 1 conducido por gente que parece que todavía está sacándose el carnet en la autoescuela.
Seguiremos observando, eso sí, con un vino tinto del Ribeiro y un poco de pulpo, porque si hay que ver cómo se hunde el barco, al menos que no nos pille con el estómago vacío. ¡Faltaría más! Entre truhánes y pillos está el juego.