@jsuarez02111977
Nosotros veníamos de la EGB, de los pupitres arañados con navajas, de los cuadernos Rubio y las tardes de chapas en el patio. Una generación hecha de rodillas con costras, chicles Cheiw y partidos de balón de goma en el asfalto. Y cuando la campana del colegio dejó de sonar, apareció otro timbre mucho más serio: el de la noche. Y ahí estaba Recreo, en Joaquín Vaamonde, bajando aquellas escaleras que parecían conducir a un mundo subterráneo donde empezaba de verdad la vida.
Aunque muchos no lo recuerden, al principio se llamaba Crema. Lo levantaron Manolo Moledo y Manolo Suárez, con un tercer socio del que ya ni la memoria se pone de acuerdo. Luego el local cambió de piel, y de nombre, hasta quedarse en lo que todos recordamos: Recreo. Y allí mandaba John, sí, con jota inglesa aunque fuese coruñés hasta la médula, el mismo que hoy lleva el Bogart de Matogrande.
En aquellas paredes aprendimos más que en todas las aulas de la EGB juntas. Celebrábamos cumpleaños como si no hubiese mañana: treinta mil pesetas por un barril de cerveza que sabía a gloria, porque se repartía entre amigos, música y una noche interminable. Por ese precio comprabas felicidad embotellada y la sensación de que todo el futuro estaba al alcance de la mano.
La calle entera hervía. Escaleras arriba y abajo, chavales dentro y fuera, fumando, ligando, discutiendo y reconciliándose a la velocidad de una canción de Dire Straits o un temazo de los ochenta que aún hoy nos pone la piel de gallina. Dentro, el humo era tan espeso que costaba ver a dos metros; fuera, los corrillos ocupaban Vaamonde como si fuese una extensión del bar.
Éramos insolentes, descarados, con más hambre de vida que dinero en los bolsillos. La EGB nos había dejado la caligrafía y la lista de los reyes godos; Recreo nos regaló el vértigo de la primera borrachera, la torpeza del primer beso, el aprendizaje a golpes de risa, cubatas y madrugadas.
Hoy la ciudad ha cambiado. Las noches son más limpias, más estéticas, más de gin-tonic con pepino que de barriles compartidos. Pero quien haya bajado aquellas escaleras sabe que en ese sótano se quedó grabada la verdadera educación sentimental de toda una generación. Porque después del colegio, cuando ya habíamos dejado atrás la infancia, siempre nos quedaba Recreo.