En A Coruña siempre hubo: Metro

@jsuarez02111977

Aquí no bajamos al subsuelo: subimos cuestas, lidiamos con el viento y miramos al mar. Y, sin embargo, durante un puñado de años, existió nuestra boca de Metro. Estaba en Pintor Joaquín Vaamonde, 9, a dos pasos de la Plaza de Vigo y de Juan Flórez, y se llamaba, con retranca muy coruñesa, Metro.

No era transporte público, era transporte nocturno. Una entrada al ocio: bajar aquellas escaleras estrechas hasta el sótano era ya un viaje, una odisea que hoy no permitirían ni las normas ni los bomberos. Pero entonces la ciudad jugaba con otras reglas, y la noche también. Allí se apretaban barras, humo y confidencias, y en ese metro cuadrado de penumbra la ciudad encontraba su respiración eléctrica.

Muchos de los músicos actuales de A Coruña comenzaron allí, casi niños, recién salidos del instituto, enchufando guitarras prestadas y tocando los primeros acordes en público. El Metro fue escenario de bautismos musicales, de nervios en la garganta y de canciones que se aprendían a empujones, entre amigos que alentaban y desconocidos que descubrían. Metro fue la primera estación de muchos recorridos musicales, la prueba de fuego de quienes hoy llenan escenarios mayores.

Y luego llegó la gran transformación. El local, que había nacido como refugio de guitarras y primeras canciones, se reinventó en los noventa y se lanzó sin miedo a la música electrónica. La cabina se convirtió en altar y los altavoces en túneles por donde entraba un sonido nuevo que sacudía la ciudad. El tecno encontró en aquel sótano un territorio propio, una guarida subterránea donde las madrugadas eran infinitas y el cuerpo obedecía al ritmo más que al reloj. En A Coruña, sin metro real, tuvimos el privilegio de que nuestra línea subterránea fuese de beats, luces estroboscópicas y vinilos girando sin descanso.

La ironía era perfecta: aquí no había vagones ni túneles, pero tuvimos una boca de Metro que te llevaba directo a la vida. Una vida que se medía en madrugadas, en pasos inseguros al salir de la plaza, en confidencias robadas en la barra y en la sensación de que allí, en ese sótano, la ciudad tenía su propia línea subterránea, primero de guitarras y después de tecno sin concesiones.

En los años noventa, el ocio nocturno se construía con otras armas: menos papeles, menos prohibiciones, menos miedo. Hoy, bajar a un sótano así sería imposible; lo impedirían los reglamentos, la seguridad, la letra pequeña. La noche también cambió: se hizo más corta, más correcta, menos arriesgada. Pero entonces bastaba con girar la esquina de la Plaza de Vigo y dejarse caer en Vaamonde para sentir que estabas entrando en otro mundo.

Hoy el nombre ya no figura en persianas ni carteles. Lo que queda es memoria. Pero basta cerrar los ojos en esa esquina y se escucha todavía el eco: la puerta, las escaleras, el sótano y el latido. Ese latido que no necesitaba trenes para llevarte lejos. Porque en A Coruña no hubo metro, es cierto. Pero durante un tiempo, tuvimos el nuestro, y sonaba a tecno.

Comparte éste artículo
No hay comentarios