@jsuarez02111977
Hubo un tiempo en que ser joven en A Coruña era tener un walkman en el bolsillo, cintas TDK rebobinadas con un boli Bic, la carpeta forrada con recortes del Super Pop y el alma ardiendo por salir de casa un sábado. Se quedaba en los Cantones o en los Jardines de Méndez Núñez, se fumaba a escondidas, se compartía un Frigopie, y el mundo parecía infinito con un par de monedas de cinco duros para el futbolín o el Out Run en los recreativos.
En 1989 abrió La Real, en la Marina, y para muchos fue la puerta de entrada a la vida adulta. Allí estaban los guateques de colegios, las tardes sin alcohol, pero con vértigo, el DJ Poti pinchando house y dance entre el 89 y el 92, y la certeza de que bailar era crecer. Era la gran rival de Pachá, más cercana, más terrenal. Pachá imponía distancia de templo mayor; La Real ofrecía piel y música al alcance de la mano.
El mapa nocturno era un firmamento de dieciséis discotecas: en el centro Ola Green, Pirámide, Punto 3, C’assely, Rigbabá, Chaston; más allá Chevalier, Bambina, Oh! Coruña, El Bosque, Baroke, Beta, LP45. Cada una era tribu, cada portero oráculo, cada cola un rito de iniciación. Los adolescentes de entonces vivían entre Bollycaos, Levi’s 501, J’hayber, Farala o Brummel, y se estrenaban en la vida bajo luces estroboscópicas.
Con los años llegaron los pubs, la crisis, las quejas vecinales. El modelo se apagó. La Real acabó reconvertida en cafetería, y donde había humo y neón quedaron tazas y cucharillas. Pero la memoria guarda lo esencial: aquella Coruña de finales de los 80 y principios de los 90 fue juventud pura, una ciudad que bailaba sin saber que era efímera.