@jsuarez02111977
Siempre fui un cuervo de madrugada. Mis alas negras, desplegadas sobre los tejados húmedos de la calle Magistrado Manuel Artime, conocieron mejor que nadie el pulso de la noche coruñesa. Vi abrirse, en 1986, un antro que no era un antro sino un refugio: lo llamaron Soweto, y desde entonces su puerta se convirtió en el último puerto de los trasnochadores.
Recuerdo las primeras madrugadas, cuando los neones del Orzán se apagaban y los parroquianos, como náufragos, buscaban un faro. Yo los veía caer allí dentro, arrastrando el humo de los bares, las risas rotas, el perfume barato y la necesidad imperiosa de seguir. El Soweto no era un local: era un útero oscuro en el que la noche se resistía a morir.
La música, ay, la música… No era el estrépito vulgar del pop de moda. Era soul, funk, jazz, blues y afrobeat, lo que nadie esperaba a las siete de la mañana en una ciudad del Atlántico. Allí, entre vasos mal lavados y barras sudorosas, los que quedaban en pie bailaban como si en cada compás se jugara la eternidad.
Yo, cuervo, vi entrar a Sabina una noche. No actuó, no cantó: se apoyó en la barra, bebió, miró, desapareció. Y el eco de su presencia quedó como leyenda, repetida hasta el cansancio por los habituales. Porque el Soweto, más que un bar, era un capítulo oral de la ciudad, contado a gritos y entre bostezos.
Los años noventa se deslizaron como una resaca infinita. Desde arriba, yo veía el ritual: los cuerpos salían de las discotecas, erraban por el Orzán y recalaban en Artime como soldados derrotados que encuentran un campamento improvisado. Allí ardía el último fuego, allí la madrugada encontraba su esqueleto.
Pero todo lo que vive, muere. Y yo, cuervo que lo ha visto todo, vi también el declive. Protestas vecinales, ceses municipales, quejas contra el ruido. A los guardianes del orden nunca les gustaron los pájaros negros ni los lugares que desafían al reloj. En 2012, una nota colgada en Facebook anunció el final: “Good bye, este sábado 24”. Así se despedía un cuarto de siglo de insomnio compartido.
El local cambió de piel. Primero taberna de vinos y raciones, con fotos colgadas como epitafio. Después, librería y salón de té llamado Madame Bovary. Y hoy, oh ironía, lavandería. La espuma de los detergentes sustituyó la espuma de las cervezas. Donde hubo humo, ahora hay suavizante. La ciudad es experta en convertir la memoria en inmobiliaria.
Yo sigo volando. Y cuando paso por esa esquina, escucho aún los ecos: un bajo funk de madrugada, una carcajada ronca, un vaso que cae, un beso robado al amanecer. Porque el Soweto no fue solo un after. Fue la metáfora de una Coruña que quiso vivir siempre un poco más, aunque fuera al borde del cansancio, aunque fuera al filo de la ley, aunque el día siguiente doliera.
Los cuervos sabemos que la noche no muere nunca. Solo cambia de nido.