Mantelería: La Tasca, A Casiña y La Bota del Alemán

@jsuarez02111977

Hubo un tiempo en que la adolescencia en Coruña se medía en calles estrechas, humo de Ducados, risas desafinadas y botas de cerveza. Y ese tiempo tuvo nombre propio: Mantelería. Tres bares plantados en fila como cartas marcadas: La Tasca, A Casiña y La Bota del Alemán. Tres bajos que eran más que madera y hierro, porque detrás se aprendía lo que en los institutos se quedaba fuera del temario: la vida nocturna, el rito de iniciación al barullo, la liturgia del vaso en la mano.

Los noventa no fueron París ni Nueva York. Fueron Kalimotxos mal mezclados, cañas tibias y cumpleaños compartidos a base de juntar monedas de cinco duros. Fueron los primeros encontronazos con la libertad, los sábados de quedada con la panda del instituto, los primeros líos, las primeras broncas por celos, las primeras risas a carcajada limpia que retumbaban desde la Estrella hasta San Andrés.

La Tasca, en el número 4, ya era entonces lo que sigue siendo: barra rápida, sitio de paso, refugio de dos tragos antes de seguir la ruta. Estrecho, incómodo, perfecto. Allí no había decoración que valiera: el ruido, el sudor y la gente amontonada eran ya parte del mobiliario.

A Casiña, en el número 5, tenía dueño con nombre y apodo: José Varela Fariña, “o doutor”. Era más que un camarero, era la figura que mantenía vivo el local durante décadas, hasta su muerte en 2022. Allí, entre madera oscura y ambiente de guarida, se levantó la peña deportivista más antigua, la Peña La Estrella, y se celebraban cumpleaños, victorias y derrotas con el mismo vaso en la mano. Quien entraba, sabía que estaba en terreno sagrado: no era un bar cualquiera, era un punto de encuentro, una segunda casa.

Y luego estaba La Bota del Alemán, en el número 3. Un lugar distinto, con nombre de taberna extranjera pero alma coruñesa. Allí descubrimos algo que parecía magia: beber cerveza en una bota de cristal. No era un vaso, no era una jarra. Era un desafío, una ceremonia que convertía a cualquiera en protagonista durante unos minutos. Ver la espuma deslizarse por la curva de la bota, calcular el ángulo para no bañarte entero, escuchar las risas cuando alguien fallaba y acababa empapado… Eso era único. Diferente. Increíble. Ningún otro bar de la ciudad ofrecía esa experiencia: levantar aquella bota era un rito de iniciación, una fanfarronada y una medalla de orgullo juvenil.

Esa trinidad de Mantelería no competía: se complementaba. Tres estilos distintos, misma esencia: barra, juventud y ruido. Allí se forjaban amistades que duraban lo que un pitillo en la puerta, romances que se apagaban al amanecer y juramentos de amistad eterna que se rompían la semana siguiente. No importaba. Lo importante era estar, vivirlo, quemar la adolescencia a golpe de vaso.

Hoy hablas de esos bares y los chavales de ahora miran raro, como si les contases batallas napoleónicas. No saben que en aquellos bajos de ruido aprendimos a gritar, a querer, a beber, a pelear y a reírnos de todo. No saben que la calle de la Estrella y Mantelería fueron nuestra universidad de la vida, con clase nocturna y examen cada fin de semana.

Tres bares, tres templos. La Tasca, A Casiña y La Bota del Alemán. Allí nos hicimos mayores a hostias contra la madrugada, con la torpeza y la alegría de quienes todavía no tienen nada que perder.

Fotografía: A Casiña

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