
En las sociedades en general, las organizaciones se están volviendo más silenciosas. No porque falte gente, sino porque las voces experimentadas están siendo apartadas, ignoradas o descartadas. Trabajadores séniores, con décadas de conocimiento y vivencias acumuladas, dejan de ser escuchados justamente cuando más podrían contribuir. Es una paradoja cruel. En un tiempo en que más se habla de innovación, talento y resiliencia, se desperdicia el activo más estratégico, la sabiduría práctica de quien ya ha recorrido una buena parte del camino.
Pero seamos claros y honestos. El valor de un trabajador sénior no está en la edad en sí, está en lo que ha hecho con ella. No basta con acumular “años de experiencia”. Es preciso haber transformado ese tiempo en conocimiento, competencias y capacidad de adaptación. Y eso exige estudio a lo largo de la vida, curiosidad permanente, voluntad de aprender incluso con el avance de la edad. La verdad es dura: no se puede esperar que las empresas hagan esa invitación. El primer responsable del futuro de cada persona es ella misma. Pero culpar únicamente al individuo sería simplista. El drama es colectivo. La exclusión de los séniores que aún no tienen acceso a la jubilación está creando zonas de sombra que afectan directamente al empleo, a la salud mental y a la cohesión social, poniendo en riesgo la sostenibilidad de la célula madre de las sociedades, las familias, así como de los sistemas sociales y de la propia economía. Y este problema no se resuelve con decretos-ley aislados o medidas paliativas. Exige un estudio holístico serio y profundo, y una respuesta integrada, concertada, centrada en la persona que implique al Estado, a las empresas, a los sindicatos, a las universidades, a las familias y a las comunidades.
Por la gravedad de la situación y que tiende al agravamiento de los problemas, gestores y decisores no pueden seguir cerrando los ojos. La juventud no es un estado eterno, todos, más tarde o más temprano, llegaremos a la curva descendente. Ignorar esta realidad es un error estratégico que mina la supervivencia no solo de las organizaciones, sino de todas las sociedades. Al apartar a los trabajadores séniores, se pierde conocimiento técnico, memoria, valores y humanidad. Nos empobrecemos por dentro. La cuestión es simple e inaplazable: ¿queremos empresas y sociedades empobrecidas, hechas de prisa e inmediatez, o comunidades vivas y ricas, donde juventud y madurez se encuentran para crear un futuro siempre renovado y sostenible?