Yo levanté San Amaro. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

No hay cruz que pese más que la del que la levanta.
Y yo, que llevo más de dos siglos bajo tierra, puedo decirte que las piedras de San Amaro no se pusieron solas.
Tienen sudor, tos, frío y blasfemia.
Las amasamos con cal y hambre, y cada bloque de granito se cobró un poco de nuestra vida.
No sabíamos que aquel maldito trabajo nos acabaría dejando aquí, enterrados en el mismo suelo que levantamos.

Era el año doce, mil ochocientos doce.
La ciudad apestaba a muerte. No era una metáfora, era literal.
Los muertos se amontonaban bajo los suelos de las iglesias, en los atrios, en los patios traseros.
El aire olía a incienso y podredumbre, a grasa de vela y carne rancia.
Las lluvias de aquel invierno fueron la última gota. El convento de San Francisco abrió la tierra como una herida y dejó al aire los huesos de los que llevaban años pudriéndose bajo los ladrillos.
Los perros jugaban con los fémures, y los niños reían sin entender el horror.

Entonces vinieron los decretos de los reyes ilustrados, esas leyes que hablaban de higiene, de aire puro, de enterrar a los muertos fuera de los muros, lejos de las casas, para que los vivos no respiraran su peste.
Era la nueva España, la que quería parecer limpia, racional, civilizada.
Y A Coruña, que siempre olió a salitre y a pólvora, no podía quedarse atrás.
Así que el Ayuntamiento decidió levantar un cementerio lejos del centro, junto al mar, en Orillamar, donde el viento del Atlántico arrastrara el olor de la muerte.
Ese fue el verdadero motivo: la peste y el miedo.
No la fe, no la compasión.
La salud pública.
Había que sacar a los muertos del medio para que los vivos pudieran respirar.

Ahí entramos nosotros.
Los albañiles.
Los que no firmábamos decretos ni aparecíamos en los archivos.
Nos mandaron con picos, palas y cal viva a construir la casa de los muertos.
El arquitecto era un tal Fernando Domínguez y Romay, un hombre de dibujos finos, de compás y reglas, que hablaba de “ventilación cruzada”, “racionalismo” y “estilo dórico”.
Nosotros hablábamos de pan, de frío y de jornadas sin fin.

Recuerdo el primer día que pisé aquel terreno.
Era pura costa, abierta al mar, un pedazo de tierra castigada por el viento.
No había ni caminos ni refugios.
Solo la roca, la espuma y el eco del mar rompiendo contra los acantilados.
El arquitecto decía que era un buen sitio porque el aire del océano se llevaría los miasmas.
“Miasmas”, los llamaban. Palabra fina para nombrar la peste.
Decían que el viento del mar purificaría la muerte.
Yo solo sabía que nos iba a helar los huesos.

Éramos muchos, hombres venidos de Monte Alto, Orillamar, Santo Tomás, los mismos que nunca tuvieron parroquia propia ni tierra donde caer muertos.
El cura vino un día con agua bendita a santificar el terreno.
Nos dijeron que el cementerio tendría cuatro zonas, una para cada parroquia de la ciudad: Santa María, Santiago, San Jorge y San Nicolás.
Cuatro barrios para los muertos, como si el cielo también estuviera parcelado.
Nos reímos.
Después seguimos cavando.

Las primeras paredes se alzaron contra el viento.
El granito de Galicia dolía al tocarlo.
La cal nos quemaba la piel.
Cada piedra pesaba lo mismo que la miseria.
Cuando terminamos el muro perimetral, el aire olía a mar y a muerte nueva.
El cura vino de nuevo, en noviembre de 1812, para bendecir el recinto.
Derramó agua sobre las piedras y dijo unas palabras.
Nadie escuchó.
Yo miré el mar y pensé: el primer muerto de San Amaro seremos nosotros.

Y no me equivoqué.
Al poco tiempo uno de los nuestros, Andrés, murió aplastado por un bloque.
Lo enterramos allí mismo, sin cruz ni nombre.
Fue el primer inquilino del cementerio, antes de que nadie lo inaugurara oficialmente.
Un mes después, en 1813, la ciudad estrenó su cementerio “moderno”, limpio, higiénico.
Nosotros ya sabíamos la verdad: nada huele tan fuerte como el miedo a la muerte.

San Amaro se levantó sobre esa idea: alejar lo que incomoda, esconder lo que huele, hacer invisible lo inevitable.
Decían que era progreso, pero era solo pudor.
Los vivos no querían ver lo que algún día serían.
Y para eso estábamos nosotros: para taparles el espejo con piedra y cal.

Recuerdo la portada dórica, sobria y orgullosa, la que levantamos mirando al mar.
Sin adornos.
Una puerta muda, sin inscripción.
Años después, en 1833, le pusieron una de hierro forjado, enorme, como si quisieran asegurar que ningún muerto pudiera salir.
Y en el centro, tiempo después, levantaron la capilla neoclásica, de cruz griega y cúpula baja, para que los rezos no subieran demasiado y se quedaran rebotando entre los muros.

Nosotros ya estábamos dentro.
Sin nombres, sin flores, sin historia.
Dicen que el arquitecto Romay murió en 1818, y que su nombre quedó grabado en papeles y memorias.
Nosotros quedamos en la tierra, mezclados con la cal, con las raíces de los cipreses y el salitre del Atlántico.

Hoy los visitantes vienen a mirar las tumbas de Curros, Pondal, Murguía, Wenceslao, y sacan fotos.
Nadie mira el muro norte, donde el mar azota la piedra y el musgo lo cubre todo.
Allí estoy yo.
Allí estamos los que hicimos San Amaro con las manos desnudas.

Dicen que es un cementerio hermoso, con vistas al mar.
Y lo es.
Pero cada piedra tiene dentro el eco de nuestras toses, de nuestras blasfemias, de nuestros pasos sobre el barro.
San Amaro no nació de la devoción, sino del miedo.
No fue obra de santos ni de artistas, sino de hombres que temblaban de frío.
Y sin embargo, aquí estamos, dándole forma a la eternidad.

Si alguna vez pasas por aquí, no dejes flores.
No sirven.
Solo párate un momento, escucha el mar y recuerda que la belleza que ves nació del miedo y del sudor de los olvidados.
Los mismos que levantamos San Amaro y que nunca salimos de él.

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