El humo que falta en la Calle Real. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

El olor a castañas era el aviso de que el año se estaba muriendo. No hacía falta calendario: bastaba caminar por la Calle Real y dejar que ese humo espeso, dulzón y algo triste, te golpeara la cara. Era el olor del otoño de verdad, el que te hacía meter las manos en los bolsillos y caminar más despacio, como si el tiempo se atascara entre las losas mojadas.

Ahora paso por la Calle Real y ya no está. Ni el humo, ni el hombre que soplaba su carrito para avivar el fuego. Aquel horno improvisado que escupía brasas y regalaba calor a quien pasaba cerca. Solo escaparates, luces frías y tiendas que venden perfumes sin alma. Pero el olor de las castañas, joder, ese sí que era perfume. Uno que se pagaba con monedas y dejaba huella.

Una castaña asada no era solo comida. Era abrigo. Era un fuego portátil en mitad del frío. Te quemabas los dedos, sí, pero te sentías vivo. Había algo en ese gesto de pelarla, de soplarla, de morderla a escondidas del viento, que te reconciliaba con el mundo.

Y estaba el cucurucho de papel. Tan simple, tan honesto. No era un envase: era una compañía. Lo sostenías como quien protege algo valioso. Te calentaba las manos y te ensuciaba los dedos con ceniza. Se arrugaba, se manchaba, se empapaba de humo y de vida. No servía para presumir, ni para sacar fotos. Era real, y por eso dolía tanto cuando se acababa.

Cada otoño, el primer cucurucho de papel era como volver a casa. El papel marrón, la ceniza pegada, las risas de la gente. El humo subiendo, torcido, como un rezo mal dicho. La Calle Real olía a eso: a brasas y a humanidad. A gente que caminaba deprisa pero se detenía un segundo, solo para sentir el calor en las manos.

Hoy no queda nada de eso. Ni el calor, ni el humo, ni la paciencia de esperar a que la castaña se enfríe. Todo es rápido, limpio, sin olor. Como si la ciudad hubiese olvidado cómo respirar en otoño.

A veces cierro los ojos y me parece olerlo otra vez. No es nostalgia barata; es hambre de verdad. Hambre de aquel humo que te ensuciaba el abrigo y te curaba el alma. Hambre de una Coruña con frío en las calles y gente que se detenía frente a un carrito para calentarse un poco la vida.

Las castañas eran eso: el último fuego antes del invierno. Un acto de resistencia. Una manera sencilla de decir “aún estamos aquí”. Y sí, tal vez el mundo cambió. Pero cuando el aire se enfría y la Calle Real se queda muda, lo único que echo de menos de verdad es ese cucurucho de papel caliente entre las manos, y el humo del carrito del hombre que, sin saberlo, encendía un poco la ciudad.

Fotograf

Fotografía. Mélody Cortés de Arévalo

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