El pitido que molesta a los perfectos. Por Jesús Suárez

Vivimos en un mundo donde la gente no soporta ni un pitido. Sí, un simple pitido. Un sonido que dura unos segundos, que suena cada diez minutos y que sirve para que los ciegos, los que no tenemos la suerte de usar los ojos, podamos cruzar una jodida calle sin morir. Pero no, eso ya es demasiado. Hay vecinos que se indignan, se quejan, se sienten agredidos porque hay un pi-pi-pi en su barrio. “Me molesta”, dicen. Y lo dicen con una solemnidad que da vergüenza ajena, como si soportar ese sonido fuera un sacrificio heroico.

A ver si nos entendemos: el volumen de los semáforos se puede regular, se puede bajar, se puede ajustar. Pero una discapacidad no. No hay un mando a distancia para graduar el nivel de ceguera, ni un botón para decir “hoy quiero ver un poco más”. No funciona así. La ceguera no tiene modo silencio.

Y lo voy a decir claro, por si alguien no lo sabía o finge no saberlo: soy ciego. No nací así. No me vino de fábrica. Fue una maldita enfermedad degenerativa la que me robó la vista, poco a poco, con una crueldad que no se enseña en los libros. Un día ves, y al siguiente ya no. Y lo jodido no es la oscuridad, lo jodido es escuchar a los demás quejarse por un sonido que, para mí, significa seguir vivo.

Me da asco esa falta de empatía. Esa facilidad con la que la gente se queja de todo lo que no entiende. Esa sensibilidad de porcelana que se rompe con un pitido. Me dicen: “yo creo que me adaptaría a la ceguera”. Pues claro que sí, campeón. Y yo me adaptaría al ruido que hay debajo de tu casa. Si no lo hiciera, reformaría la vivienda, pondría ventanas que aislen el sonido, y problema resuelto. Así de sencillo.

Pero nosotros no tenemos esa opción. No hay reforma posible. No hay doble cristal que aísle la oscuridad. No hay aislamiento acústico para la vida que te toca. Así que, antes de abrir la boca para criticar el pitido del semáforo, cierra los ojos y cruza una avenida. Sin ayuda. Sin referencias. Sin luz. Tres pasos. A ver cuánto te dura la valentía.

Falta empatía, decís. No. Lo que falta es humanidad. Lo que sobra es comodidad, ruido interior y una profunda incapacidad de mirar más allá de uno mismo.

El pitido no es el problema. El problema son los perfectos.

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