Veinticinco años cumple el Millennium. Veinticinco. Tiempo más que suficiente para que cualquier cosa demuestre si sirve para algo o si fue, simplemente, una ocurrencia cara. Y el balance es tan sencillo como incómodo: no sirve para absolutamente nada.
No tiene valor cultural.
No tiene valor turístico.
No tiene valor social.
No explica la ciudad, no la mejora y no la representa. Es un palo de cristal plantado frente al mar, levantado para señalar el cielo y no para servir al suelo que pisa la gente.
Se construyó para celebrar la llegada del año 2000, esa época en la que las ciudades querían parecer modernas aunque no supieran muy bien qué significaba eso. A Coruña optó por un gesto grandilocuente, vertical y vacío. Un monumento pensado para la foto, para la inauguración, para el discurso solemne… y para el olvido inmediato.
Veinticinco años después nadie va al Millennium porque sí. No hay rutas culturales que lo expliquen, no hay visitantes que lo busquen, no hay escolares que aprendan nada allí. No genera curiosidad ni relato. No suma identidad. Está ahí, como están las cosas que no molestan lo suficiente como para ser retiradas.
Los bajos del propio Millennium son la prueba definitiva del fracaso. Espacios cerrados, inutilizados, abandonados. Un lugar que podría haber sido mil cosas y no fue ninguna. La ciudad pasó de largo, como pasa siempre cuando algo no nace con un propósito claro. El abandono no fue un accidente: fue el destino lógico de algo que nunca tuvo función.
Se ilumina por la noche, eso sí. Porque aquí confundimos utilidad con luces. Creemos que si algo brilla ya tiene sentido. Como si la estética pudiera tapar el vacío. Como si encender un monumento fuera lo mismo que darle vida.
El palo de cristal no cuenta ninguna historia relevante. No habla del mar, ni de la memoria, ni de la gente. Frente a él está la Torre de Hércules, que lleva siglos explicando quiénes somos sin necesidad de justificar nada. El Millennium, en cambio, explica solo una cosa: el ego de una época que necesitaba dejar huella aunque no tuviera nada que decir.
Es una obra faraónica en pequeño. Un gesto de poder sin contenido. Un “mírame” urbano que envejeció mal porque nació del capricho y no del uso. No creó barrio, no generó actividad, no construyó futuro. Solo ocupa espacio.
Hoy el Millennium es un punto de referencia para quedar, no para vivir. “Nos vemos allí”, y nada más. No hay experiencia, no hay motivo para quedarse. No hay nada que defender salvo el dinero ya gastado y el miedo a reconocer que fue un error.
Veinticinco años después, el palo de cristal sigue en pie. No porque sea necesario. No porque sea querido. Sino porque esta ciudad tiene problemas para admitir que a veces se equivoca.
El Millennium no es un símbolo de modernidad. Es el recordatorio permanente de una época en la que se construía primero y se pensaba después. O ni siquiera eso.
Un monumento al vacío.
Un brindis congelado en el año 2000.
Un palo de cristal mirando al mar, sin saber muy bien por qué.