La política lucense ha dejado de ser una gestión de intereses provinciales para convertirse en un estudio de alta costura, donde la «máxima responsable» del PSdeG, esa mano que mece la cuna y los hilos de Gómez Besteiro, se afana en diseñar un traje a medida para Pablo Rivera. El objetivo es tan transparente como un cristal, que Rivera se siente en el sillón de la Diputación para que otros, desde la penumbra, sigan manejando el mando a distancia.
Antes de llegar al nombre definitivo, el guion exigía un sacrificio. Utilizaron a Carmela López como quien lanza un globo sonda en un huracán. La alcaldesa de Burela, cuya «bisoñez» en los pasillos de San Marcos es solo comparable a su desconocimiento de las alcantarillas del partido, fue colocada estratégicamente en el disparadero.
No era una candidatura, era un examen de presión. Querían ver si la «candidata de paja» se dejaba teledirigir o si, como ha acabado ocurriendo en los mentideros de Foz, ella misma comprendía que en ese juego de tronos provincial el papel de figurante es poco agradecido. Descartado el maquillaje, toca ir al grano.
La jugada maestra que ahora se cocina en llamadas y cenas discretas a pie de carretera es elevar a Pablo Rivera a los altares. El plan es de una sencillez insultante: Rivera asume el legado de Tomé, Pilar García mantiene la portavocía para que nada parezca cambiar, y de paso, se le entrega la dirección provincial del partido. Todo en uno. Un «pack ahorro» democrático.
¿La finalidad? No es mejorar la provincia, sino blindar la A-6. El besteirismo necesita desesperadamente cortar las conexiones de los rebeldes. Saben que el grupo de José María Arias e Iván Castro ya suma más apoyos de los que confiesan en público, y la única forma de frenar esa mayoría es atrincherarse en la Diputación.
Con el ‘besteirismo’ cotizando a la baja, la estrategia está clara, bunkerizar la Diputación de Lugo. El entorno de Besteiro se aferra al sillón provincial y al «sueldazo Nescafé», más prebendas, etc., como último salvavidas, confiando en que el BNG actúe de nuevo como la comparsa necesaria para apuntalar un gobierno en horas bajas.
Buscan un relevo que no sea un cambio, sino un transplante de órganos para que el mismo cuerpo siga mandando. Veremos si los diputados socialistas, que ya demostraron su capacidad de obediencia ciega al no reprobar a Tomé, aceptan ahora ser las piezas de un puzle que parece diseñado por su peor enemigo.