El edadismo moderno no odia a los mayores. Simplemente finge que ya no existen. Por Miguel Abreu

TicTac… el tiempo no se detiene. El edadismo contemporáneo no se manifiesta con insultos ni con puertas cerradas de forma explícita. Es más sutil, pero paradójicamente más cruel. No grita, no confronta, no asume. Se limita a ignorar. El trabajador experimentado deja de ser llamado a las reuniones, el currículum deja de obtener respuesta, la palabra pasa a ser considerada “resistencia al cambio” y la prudencia se confunde con falta de ambición. No se odia a quien envejece. Simplemente se deja de verlo. Y aquello que no se ve, no cuenta, no existe. Esta invisibilidad es hoy una de las formas más extendidas de exclusión social.

El término ageism fue acuñado a finales de la década de 1960 por el médico y gerontólogo Robert N. Butler, frecuentemente considerado el “padre” del concepto, para designar una forma de prejuicio estructural basada en la edad. Butler advertía ya entonces de un fenómeno inquietante. Sociedades que exaltan la juventud no por amor a la vida, sino por miedo a la fragilidad, a la dependencia y, en última instancia, a la muerte. Décadas después, el diagnóstico sigue muy vivo. Vivimos la paradoja de sociedades que envejecen rápidamente y organizaciones que se rejuvenecen artificialmente. Nunca hubo tanta longevidad, nunca hubo tanta expulsión precoz del trabajo. Se habla de sostenibilidad, de responsabilidad social, de diversidad, pero se sigue desperdiciando madurez, conocimiento, memoria, discernimiento. En nombre de la innovación, se sacrifican personas. En nombre de la eficiencia, se corta la continuidad. El problema no es la edad. El problema es una cultura que valora lo inmediato y desconfía de todo lo que arrastra historia. El edadismo no nace del odio. Nace de la ausencia de pensamiento crítico y de una prisa mal disfrazada de progreso.

Una sociedad que empuja a la periferia a quienes aún tienen tanto que aportar está siendo protagonista de su propio empobrecimiento. No solo económico, sino humano. Envejecer no es un defecto del sistema. Es una consecuencia natural, presente desde el momento en que somos concebidos. Empezamos a envejecer desde nuestra micro-existencia. La cuestión no es saber hasta cuándo se puede trabajar, sino cómo se trabaja y con quién. Ignorar a los mayores no nos hace más modernos. Nos hace más frágiles. Porque una comunidad que no reconoce el valor del tiempo vivido pierde la capacidad de tener un futuro sostenible y enraizado en el conocimiento.

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