El Palacio de la Diputación de Lugo tiene dos dueños (y uno manda desde la sombra)

La política lucense atraviesa un momento de surrealismo institucional que roza el esperpento. Oficialmente, la Diputación de Lugo tiene una presidenta: Carmela López. En la práctica, el aire que se respira en los pasillos de San Marcos y, sobre todo, en ciertos locales de hostelería de la ciudad, sugiere que el bastón de mando sigue teniendo grabadas las iniciales de José Tomé.

La dimisión del alcalde de Monforte tras las graves acusaciones de acoso sexual, que él tilda de «broma» pero que forzaron su salida formal, parece haberse quedado en un mero trámite administrativo para salvar la cara ante Ferraz. Sin embargo, la realidad de los hechos describe una «presidencia en la sombra» que humilla a la institución y deja a su sucesora en un papel puramente testimonial.

Resulta insultante para los ciudadanos de esta provincia, que el expresidente continúe despachando con responsables provinciales fuera de los cauces oficiales. Si Tomé dimitió, ¿qué hace coordinando agendas en mesas de cafetería? ¿Qué hacía el alcalde de Monforte moviendo hilos en FITUR junto a la delegación socialista como si nada hubiera cambiado?

El pasado fin de semana, en la Fiesta del Butelo de A Fonsagrada, la estampa fue reveladora: Tomé paseando con la presidenta Carmela López y otros diputados con una «normalidad» que hiela la sangre. Esa imagen no es de cortesía; es la confirmación de un pacto de silencio y supervivencia. Carmela López, mientras tanto, parece atrapada en una agenda de cartón piedra: muchas fotos en redes sociales, visitas protocolarias y escaso peso político real. Mientras ella corta cintas, es Pablo Rivera quien ejerce la representación de calado y Tomé quien susurra las órdenes.

El pacto de los «Amortizados»

Detrás de este teatro hay una arquitectura de intereses que da vértigo. Fuentes internas apuntan a un pacto de hierro entre Gómez Besteiro, Lara Méndez, Pilar García y el propio Tomé. Un cuarteto que busca blindar el control del partido en Lugo y en Galicia para neutralizar cualquier corriente de renovación que amenace con barrer a una vieja guardia que ya huele a naftalina.

El objetivo es tan mundano como triste: garantizar sueldos hasta la jubilación. Con un PSdeG en caída libre en las encuestas, que vaticinan apenas 7 diputados en unas autonómicas mientras el BNG engulle su espacio, la estrategia ya no es ganar Galicia, sino atrincherarse en las instituciones provinciales para que el último que apague la luz tenga la pensión asegurada.

La inactividad de la Diputación es tan evidente que ya roza el ridículo, llegando a utilizar al alcalde de Lugo, Miguel Fernández, como «comodín» de diputado para rellenar actos que carecen de contenido.

Lugo no se merece una Diputación tutelada por un político bajo la sombra de la sospecha judicial, ni una presidenta que acepte ser el «escudo humano» de una estructura agotada. El principio de precaución y el respeto a la higiene democrática exigirían que José Tomé se apartase de forma real y definitiva. Mantener este mando en diferido no es solo un engaño al votante; es la prueba de que en el PSOE de Lugo, el poder pesa más que la dignidad de la propia institución.

¿Sigue Tomé dirigiendo la Diputación? La respuesta está en cada café que despacha, en cada paso que da en A Fonsagrada y en el silencio cómplice de quienes le sujetan el abrigo mientras Lugo espera a que alguien, de verdad, se ponga al timón y al remo.

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