
Siempre es bueno estar donde la realidad no duele. Donde el mundo no sangra. Donde los niños no son números, los muertos no son estadística y la guerra todavía cabe en una frase de rodapié. El monte es la tentación de permanecer en un lugar alto, limpio, luminoso, donde todo parece tener sentido y nada exige decisión. Hoy hemos despertado con un conflicto más. Podría ser cualquier otro. Ya casi no importa el nombre de los países, porque el mecanismo es siempre el mismo. Importa únicamente constatar que el Hombre sigue siendo incapaz de habitar la paz. No porque sea imposible, sino porque exige conversión, límite, renuncia. La guerra, esa, sigue siendo el camino más corto para quien no quiere pensar, ni escuchar, ni abdicar. Pedro quiere levantar tiendas. El mundo quiere hacer lo mismo, aunque sea por motivos sórdidos: institucionalizar lo provisional, normalizar lo inaceptable, hacer habitable el horror.
La nube interrumpe. La voz no elogia el confort, no legitima la huida, no confirma la voluntad de quedarse. Dice únicamente: «Escuchadle». (Mt 17, 1-9). Y escuchar, en el Evangelio, nunca es neutro. Quien escucha, se compromete. Quien escucha, ya no puede fingir ignorancia. Por eso los discípulos caen rostro en tierra. No es la luz lo que asusta, es la conciencia. Sabemos demasiado. Sabemos que la historia se repite porque no aprendemos. Sabemos que los textos antiguos describen con una precisión inquietante los errores modernos. Sabemos que el pecado original no es una metáfora ingenua, es una estructura que se reescenifica en la política, en la economía, en la gestión de la vida y de la muerte. Seguimos sacrificando al otro en nombre de causas mayores, intereses estratégicos, equilibrios geopolíticos. Cambian las banderas, se mantiene el mecanismo. El Hombre no evoluciona moralmente al ritmo de su tecnología. Y ese es, quizá, el dato más aterrador de nuestro tiempo.
«Levántate. No tengas miedo». (Mt 17, 1-9). No es un consuelo. Es una orden. Levantarse es abandonar la posición cómoda del espectador. Es rechazar la anestesia de la distancia. Es descender del monte sabiendo que la luz no fue dada para ser contemplada, sino para iluminar la llanura donde la violencia se organiza con método y lenguaje sofisticado. El Evangelio no nos autoriza a permanecer puros a costa de la indiferencia. Nos obliga a bajar con los ojos abiertos, incluso cuando eso nos roba la paz interior. La verdadera transfiguración no ocurre en el monte; ocurre cuando, a pesar de todo lo que sabemos sobre el Hombre, aun así nos negamos a aceptar la guerra como destino. La fe no nos separa del mundo. Nos coloca en tensión con él. Y esa tensión es insoportable para quienes prefieren las tiendas. Pero es ahí, y solo ahí, donde comienza cualquier posibilidad de humanidad.